Mateo todavía le sacó la lengua a Elena.
Diego lo regañó un poco, pero era obvio que no le estaba dando importancia.
Elena no se contuvo. Tomó el florero de la mesa, apartó las flores al sillón y le vació encima toda el agua a ese niño malcriado.
Beatriz e Isabela enfurecieron de inmediato.
—¡Elena, compórtate! ¡Mateo es un niño! ¿Cómo se te ocurre rebajarte a eso?
Elena dejó el florero y respondió con calma:
—Lo que más necesitan los niños es que los adultos los corrijan a tiempo. Si no lo educan ahorita, se les va a salir de las manos y cuando le falte el respeto a la persona equivocada, el problema será mayor. Después de todo, la familia Romero se junta con pura gente importante. No todos son como yo, que no tengo quién me defienda y a la que pueden pisotear como se les dé la gana.
Beatriz, fuera de sí, soltó:
—¿Qué tonterías estás diciendo? ¿Cuándo te hemos pisoteado?
Elena se le quedó viendo:
—¿Ah, no?
Isabela se lanzó contra Elena para darle una cachetada, pero Diego la detuvo a tiempo.
—Ya basta, las dos. Mateo sí necesita disciplina, pero esto termina aquí.
Mateo, empapado de pies a cabeza, rompió en un llanto escandaloso mientras la niñera trataba de contenerlo.
Isabela temblaba del coraje, pero al ver la cara de Diego, tuvo que tragarse su rabia y se llevó a su hijo a la recámara a cambiarle la ropa.
Diego miró a Elena, algo molesto:
—¿No crees que exageraste las cosas?
Elena le devolvió la pregunta:
—¿Y esto es lo que decías de que tu familia me iba a tratar bien? La verdad, no lo noto.
Diego se quedó mudo, sin saber cómo defenderse.
A la hora de la comida, Mateo le dedicó una sonrisa maliciosa a Elena y, a propósito, le derramó el caldo de la comida en la mano.
Elena frunció el ceño y agarró su plato de sopa, haciendo que Mateo se hiciera a un lado asustado.
Diego, al ver sus intenciones, la frenó.
—Elena, ya déjalo por la paz, ¿sí?
—¡Tú no eres mi tía, mi tía es Adri...!
Isabela le tapó la boca de un manotazo, palideciendo.
Diego miró a Mateo. Hace unos minutos pensaba que Elena estaba exagerando, pero ahora se daba cuenta de que el niño sí era un grosero.
—Mateo, te estás portando pésimo. Estás castigado; no sales a jugar en dos días y te pones a hacer tarea.
Mateo se puso rojo del coraje.
Su papá siempre estaba ocupado y solo su mamá lo cuidaba. Isabela seguido lo llevaba a casa de los Romero, y Diego siempre lo consentía. Ahora, por culpa de esa bruja lo estaban castigando. Su odio por Elena solo creció.
Diego suspiró y se fue a la recámara a cambiarse de ropa.
Beatriz fulminó a Elena con la mirada y le dijo con sarcasmo:
—¿Haces todo esto nada más para matarme del coraje?
Elena siguió comiendo sin ninguna prisa:
—Si no fuera tan amargada, no se enojaría tan fácil.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....