Entrar Via

Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 115

El coche se detuvo frente al edificio de departamentos de Elena.

Recordando algo de pronto, Elena le preguntó a Alejandro:

—Señor Vargas, todavía no le pregunto: ¿con qué quería que le ayudara hoy?

Alejandro observó por el espejo retrovisor el coche que los había estado siguiendo todo el camino y sonrió.

—Ya me ayudaste. Entra a tu casa.

Elena lo miró con desconcierto.

Pero al ver que él no tenía intenciones de darle más detalles, prefirió no insistir.

—Tengo algo que devolverle. ¿Le molestaría esperarme un segundo aquí?

Unos minutos después, Elena regresó con un abrigo de lana.

—Es el que me prestó la otra vez. Ya lo llevé a la tintorería.

Alejandro le dedicó una leve sonrisa, tomó el abrigo, se despidió de ella y le indicó al chofer que avanzara.

Apenas Elena entró a su departamento, el celular volvió a sonar. Era Diego.

—¿Elena, te regresaste a tu departamento?

Elena notó de inmediato la molestia en su tono de voz y le soltó:

—¿De verdad cenaste con la familia Castillo solo por negocios? Por la manera en que el señor Castillo y su esposa te trataban, no me pareció que te vieran como un simple socio.

Diego se quedó en silencio por unos momentos. Evadió la pregunta por completo y se limitó a decir:

—No pienso pelear contigo por cosas que no tienen sentido. Si sigues de mal humor, quédate a dormir en tu departamento hoy. Mañana paso por ti para que regreses a la casa.

Y sin más, le colgó.

A Elena le tuvo sin cuidado el enojo que Diego estuviera descargando. Se arregló para dormir y se fue a la cama.

Al día siguiente, nada más llegar a la oficina, un compañero de trabajo chocó accidentalmente contra ella.

—¡Perdón, perdón! ¡No me fijé!

Quien había chocado con ella era Emiliano Santini, uno de los desarrolladores de la sucursal del Grupo Vargas. Era un muchacho bastante tímido que por lo general pasaba desapercibido en la oficina.

Elena le dijo que no pasaba nada. Ya se iba a su lugar, cuando se dio cuenta de lo angustiado que se veía.

—¿Qué tienes? —le preguntó.

Emiliano se revolvió el cabello con desesperación.

—Capturé mal un dato y ahora tengo que corregir una cantidad absurda de archivos. Voy a volverme loco.

Como Emiliano nunca se había burlado de ella ni la había tratado mal como los demás, Elena sintió la disposición de echarle una mano.

—¡Muchísimas gracias!

Elena asintió y regresó a su escritorio para seguir trabajando.

Esteban Fajardo, el compañero que estaba sentado al lado de Emiliano, le reprochó:

—¿Cómo se te ocurre pedirle ayuda a ella? ¿No te da miedo que te eche a perder todo?

Emiliano, que ahora veía a Elena casi como a un ídolo, la defendió de inmediato:

—No hables así de ella. Nadie tiene pruebas de que haya hecho esas cosas de las que la acusan. Además, es buenísima en lo que hace. Si no hubiera sido por ella, me habría tocado quedarme a vivir en la oficina todo este mes para arreglar el problema.

Esteban hizo una mueca de desprecio:

—Ella nada más sirve para engañar a los tontos como tú.

Por la noche, Diego le mandó un mensaje avisándole que pasaría por ella a su departamento a las ocho.

Elena lo dejó en visto y se fue a casa de su tía Carmen.

Su tía había estado trabajando en la nueva sucursal del hospital esos últimos días; el trayecto era larguísimo y casi siempre regresaba de madrugada.

Elena pasó a comprar verdura y algo de carne, y se metió a la cocina de su tía para prepararles la cena.

La salud de su abuela no había estado muy bien últimamente y no le daban las fuerzas para cocinar. Sin embargo, por no gastar dinero, había terminado por despedir a la señora que les ayudaba con el quehacer.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico