Todos los días, al salir de la escuela, su prima pasaba a comprar la cena en la cafetería del vecindario para comer algo rápido con su abuela.
Elena estaba preparando un caldo de costilla. Su abuela entró a la cocina y empezó a quejarse de su tía:
—Mírala nada más, vive tan ocupada que ya ni tiempo tiene para su casa. Si no fuera porque yo la cuido, ¿qué sería de la pequeña Ariadna? Esa casa está cada vez más vacía; ya ni parece un hogar. Todo es su culpa por aferrarse a divorciarse; ahora le toca sufrir, y sin un hombre que la ayude a sacar a la familia adelante.
Elena lavaba las verduras en silencio; no sabía qué contestarle. Si le decía lo que realmente pensaba, seguro haría que a su abuela se le revolviera el estómago del coraje y no quisiera ni cenar.
Tras terminar con su tía, la abuela se dirigió a ella:
—¿Por qué no has traído a Diego a visitarme últimamente? Espero que no se hayan peleado.
Elena le respondió con un tono indiferente:
—Ambos tenemos mucho trabajo, en cuanto tengamos un tiempo libre lo traigo.
Al verla así, la preocupación de la abuela creció. Justo cuando iba a decirle algo más, sonó el timbre.
Elena pensó que era el repartidor de comida. Había pedido un pastelito por aplicación, principalmente para consentir a Ariadna. Ariadna era demasiado pequeña para cargar con el divorcio de sus padres, y ahora que Carmen llegaba tarde todos los días, Elena no podía evitar preocuparse por ella. Se secó las manos con una servilleta de papel y fue a abrir.
Afuera no estaba el repartidor, sino Diego. Él había adivinado que ella estaría allí y llevaba una caja de pizza en la mano.
La sonrisa se le apagó en cuanto lo vio.
Su abuela, en cambio, se alegró muchísimo al verlo; toda su preocupación anterior se esfumó.
—¡Diego! Pásale, siéntate. Justo estábamos platicando de ti.
Diego sonrió. Entró a la casa, saludó a la abuela y preguntó con curiosidad:
—¿Qué decían de mí?
Sacó la pizza, y Ariadna corrió de inmediato hacia él, festejando al ver la comida. Diego le revolvió el cabello con cariño y luego sacó un cuchillo para cortar las rebanadas.
La abuela se rio:
—Nada malo, solo que esperaba que vinieras a visitar a esta vieja de vez en cuando.
—¿Alguien se está metiendo con ella? Ahorita mismo hablo con el director.
Al mismo tiempo, por fin entendió por qué Elena se estaba quedando en el departamento últimamente. Estaba cerca de allí, lo que le facilitaba cuidar a su abuela y a Ariadna. Al pensar en eso, su expresión se suavizó. Estaba seguro de que, por más que Elena se resistiera, en el fondo seguía amándolo.
A Elena le pareció un chiste. ¿Quién tendría tiempo para hacerle la vida imposible a una simple enfermera como su tía? Obviamente había sido la queridísima hermana de él. Se quedó callada.
Diego creyó que estaba preocupada por Carmen y le dijo:
—Voy a hacer una llamada para que la regresen a su puesto.
Tras decir eso, salió de la cocina y sacó su celular para marcarle al director del hospital. Después de platicar con él, se enteró de que la persona que estaba molestando a la tía Carmen era ni más ni menos que su hermana Lucía.
Diego se quedó en silencio unos segundos antes de llamarle a Lucía.
Lucía contestó, un tanto sorprendida. Soltó una risita burlona:
—¿Ya fue Elena a quejarse contigo? Qué atrevida.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....