El auto apenas había llegado a la puerta del negocio de su tía cuando Elena escuchó los gritos y lamentos de una anciana.
Frunció el ceño, bajó del vehículo y, al acercarse, se dio cuenta de que la mujer en cuclillas frente a la entrada era la ex suegra de su tía, Sylvia Ortega.
La escuchó maldecir a viva voz:
—¡Carmen, eres una desalmada! ¡Tú y mi hijo estuvieron casados! Cuando se divorciaron, lo dejaste en la calle, te quedaste con la casa y el dinero. ¡Y ahora que mi hijo tuvo un accidente, te lavas las manos! Si no quieres hacerte cargo de él, me parece bien, ¡pero Ariadna lleva nuestra sangre! ¡Ella tiene que regresar con la familia Silva para cuidar a mi hijo y mantenerlo en su vejez!
Carmen soltó una carcajada fría. Sin importarle el qué dirán, alzó la voz frente a todos los vecinos curiosos:
—Para que vean lo sinvergüenzas que son esta mujer y su hijo. Cuando me engatusaron para casarme con la familia Silva, no me dieron ni un centavo, ni siquiera hubo anillo. Después de dar a luz, madre e hijo me despreciaron porque tuve una niña. No me ayudaron en nada, me obligaron a renunciar a mi trabajo para quedarme en casa y apenas me daban mil pesos al mes para el gasto. En ese entonces yo era joven, no tuve el valor de divorciarme de inmediato y traje a mi madre para que me ayudara. Mi mamá se encargaba de la casa y de la niña, mientras yo salía a trabajar para mantenernos. Mi exesposo, con la excusa de que yo ya tenía sueldo, dejó de darme un solo peso. Luego, cuando compramos la casa, pagamos el enganche a medias y la hipoteca también. Pero durante esos años, él siempre decía que andaba corto de dinero, así que terminé pagando la hipoteca yo sola.
Hizo una pausa, respirando con dificultad por el coraje.
—Y por si fuera poco, ese hombre inútil me engañó. Trajo a su amante a mi propia casa para restregármela en la cara. No me contuve y me peleé con ella; casi voy a la cárcel por apuñalar a esa mujer. Mi exesposo y ella se aliaron para hacerme la vida imposible. Peleé el divorcio con uñas y dientes para dejar a ese infeliz en la calle, ¿acaso hice mal? En todos estos años, mi madre y yo criamos a la niña sin que la familia Silva moviera un dedo. ¡Y ahora tienen el descaro de venir a reclamarla! ¡Querer que mi hija mantenga a ese hombre es un chiste! ¡Ariadna es solo una niña y ya le están armando este teatrito! ¡Son unos descarados!
La mayoría de las personas que observaban eran mujeres casadas que, al escuchar la historia, sintieron empatía por Carmen y comenzaron a insultar a Sylvia.
Pero a Sylvia nunca le había importado la vergüenza. Ignorando a la multitud, siguió gritándole a Carmen:
—¡Te casaste con mi hijo, así que le perteneces! Todo el dinero que ganaste también es suyo. ¡Entre marido y mujer no hay divisiones! Yo no reconozco ese divorcio. El punto es que ahora mi hijo está cuadripléjico y no puede moverse. Ustedes dos tienen que cuidarlo por el resto de su vida. ¡Si no aceptan, vendré todos los días y me encargaré de arruinarte el negocio!
Al escuchar el motivo del escándalo, el rostro de Elena se ensombreció.

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