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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 474

Elena estaba preocupada por su tía, pero sabía que no era buena idea que Ariadna se quedara ahí, así que asintió y decidió llevarla de vuelta.

Ariadna se resistía; quería quedarse para defender a su mamá.

Carmen le acarició la mejilla con ternura y le habló en voz suave:

—Mi amor, yo puedo lidiar con ella sola. Ve con tu prima y termina tus tareas.

Ariadna no tuvo más remedio que aceptar y marcharse con Elena.

Por precaución, Elena le pidió a Bruno que se quedara en el lugar para proteger a su tía.

Para no levantar sospechas frente a la abuela, Elena pasó a comprar la despensa en el camino e hizo como si no pasara nada mientras preparaba la cena.

Cuando la abuela Navarro vio que Ariadna tenía los ojos rojos, le preguntó a Elena:

—¿Qué le pasó a la niña? ¿Alguien se metió con ella?

Elena, que estaba lavando las verduras, respondió con naturalidad:

—Se peleó con unos niños, no te preocupes, abuela.

La abuela, queriendo animar a Ariadna, sacó unos dulces y se fue a consentirla.

Elena aprovechó para mandarle un mensaje a Bruno, preguntando por la situación.

Bruno le respondió: La policía llegó e intervino. Toda la gente del barrio apoyó a la señora Carmen. A Sylvia le dieron una buena regañada y ya se fue.

Elena, temiendo que la mujer volviera a causar problemas, le pidió un favor a Bruno: ¿Podrías seguir cuidando a mi tía estos días?

Bruno asintió de inmediato: Por supuesto, no se preocupe, señora. Gente como Sylvia solo entiende a las malas. Con un par de sustos que le dé, no volverá a acercarse.

Esa noche, Carmen llegó pasadas las ocho.

La abuela le preguntó de inmediato:

—¿Por qué llegas tan tarde?

Carmen evadió el tema:

—Había mucho trabajo en el negocio.

Después de cenar, Elena y Carmen recogieron los cubiertos y los platos.

Mientras estaban solas en la cocina, aprovecharon para hablar en voz baja.

—Tía, ¿qué piensas hacer? —preguntó Elena.

Carmen apretó los dientes:

—Esa vieja bruja solo quiere arruinarme el negocio para que yo ceda, pero no le daré el gusto. Ese infeliz y yo nos divorciamos hace mucho, nunca me dio ni un peso de pensión, ¿y ahora quiere que mi hija vaya a limpiarle la baba? Que siga soñando.

Elena frunció el ceño con intriga:

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