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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 483

Cuando la señora Vargas escuchó a la empleada decir que Alejandro había llegado, soltó un bufido y caminó hacia la sala.

Miró a Alejandro Vargas, quien estaba sentado en el sofá, y le soltó con un tono sarcástico:

—¡Vaya! ¿El hombre más ocupado del mundo por fin tiene tiempo para visitarme?

Alejandro sabía que su madre se negaba a volver a Ciudad del Norte porque quería seguir metiéndose en su relación con Elena.

Sin rodeos, le preguntó:

—¿Fuiste tú quien le pagó a la señora Santini para que cambiara la medicina de Elena?

La señora Vargas lo miró confundida. Sentirse acusada injustamente hizo que se le atragantara el aire.

—¿Y por qué haría yo semejante barbaridad? Alejandro, no te atrevas a ensuciar el nombre de tu propia madre.

Alejandro conocía perfectamente a su madre.

Era la clase de persona que, incluso si cometía un error garrafal, te exigía que la perdonaras con una actitud altanera.

Por su reacción, era evidente que ella no estaba detrás de lo que hizo la señora Santini.

Siendo así, no tenía sentido seguir perdiendo el tiempo ahí.

Alejandro se puso de pie para irse.

—¡Detente ahí mismo! —le gritó la señora Vargas, roja de furia—. ¿Me acusas de algo terrible y encima te vas así nada más? ¿Es que ya no me respetas como tu madre?

Alejandro ni siquiera se volteó a mirarla. Su tono fue gélido:

—Teniendo en cuenta tu historial, que seas mi primera sospechosa no debería sorprender a nadie.

La señora Vargas temblaba de ira:

—¿Acaso ya no queda ni una gota de confianza entre nosotros?

—Tú misma te encargaste de destruir esa confianza. Si algo más le llega a pasar a Elena, seguirás siendo la primera en mi lista.

Tras decir eso, Alejandro salió a paso firme.

La señora Vargas, enloquecida, agarró una taza de la mesa y la estrelló contra el suelo.

Todo es culpa de esa maldita Elena. Ella es quien ha envenenado a mi hijo en mi contra, pensó.

***

Mientras tanto, Elena le había pedido a Bruno que trajera a la señora Santini.

La mujer tenía el rostro empapado en lágrimas de arrepentimiento, pero pensando en el futuro y la educación de su hijo, estaba decidida a encubrir a Isidora. Estaba dispuesta a echarse toda la culpa y, si era necesario, ir a la cárcel por ella.

Al ver que la mujer se negaba a abrir la boca, Elena rompió el silencio:

—Señora Santini, revisé el expediente de su hijo. Si usted termina en prisión, ese muchacho se quedará sin nadie que lo controle. Estoy segura de que no tardará en meterse en problemas y lo expulsarán de nuevo. Y cuando esté en la calle, a merced del mundo, la cosa no será tan simple. Lo más probable es que termine tras las rejas junto a usted.

Pensar en su rebelde hijo hizo que a la señora Santini se le encogiera el corazón de pura angustia.

Su esposo la había abandonado por otra mujer, dejándola sola para trabajar limpiando casas y mantener al chico. Pero el muchacho era un torbellino, siempre metido en pleitos, y ella ya no daba más, estaba agotada física y emocionalmente.

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