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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 882

Una vez que las mujeres se marcharon, la habitación del hospital volvió a quedar en un tenso silencio.

Elena miró a la señora Vargas recostada en la cama y soltó un leve suspiro de impotencia.

—Alejandro... de verdad, ella misma se golpeó con el jarrón. ¿Me crees?

Alejandro asintió con firmeza.

—Por supuesto. Mi madre es experta en utilizar el chantaje emocional y lastimarse a sí misma para amenazar a los demás. Que se haya roto un jarrón en la cabeza es exactamente el tipo de locura que haría.

—Aun así, fue demasiado lejos esta vez. ¿No le da miedo no volver a despertar? —murmuró Elena.

—Nunca piensa en las consecuencias de sus actos —respondió él.

Aunque Alejandro sentía preocupación por la salud de su madre, sabía que el estado emocional de Elena era igual de prioritario.

—Te llevaré a casa para que descanses. Hay suficientes enfermeras y cuidadoras aquí, mi madre estará bien.

Regresaron juntos a la casa.

Al verlos llegar a esa hora, la pequeña Aurora los recibió con ojitos llenos de sorpresa.

Alejandro le acarició sus suaves mejillas.

—Mami no se siente bien, la traje para que descanse. Sé una buena niña y no la molestes, ¿de acuerdo?

Aurora asintió con obediencia, mirando a Elena con preocupación.

Lo primero que hizo Elena fue llamar a Mireya Arizmendi. Le avisó que no regresaría a la oficina esa tarde y le pidió que le enviara los documentos urgentes.

Alejandro le acercó un vaso de agua tibia y, al ver que planeaba seguir trabajando, le sugirió:

—Bebe un poco de agua y trata de descansar.

Elena, con la computadora ya encendida, respondió:

—No tengo sueño. Dormiré cuando me canse.

Resignado, Alejandro no tuvo más remedio que dejarla hacer lo suyo.

—Por cierto, acabo de revisar las cámaras de mi oficina y alguien alteró el sistema. Las grabaciones del momento en que tu madre y Liana llegaron fueron borradas.

Alejandro apretó la mandíbula, dándose cuenta de que, esta vez, su madre se había superado a sí misma. Una frialdad implacable se apoderó de su mirada.

—Incluso si borraron las imágenes, los datos pueden ser recuperados. Enviaré a alguien a tu oficina para que se encargue de restaurar la información.

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