El corazón de Katrina se sentía en la garganta, caminaba rápido hacia la consulta de su doctor de cabecera, golpeó y su voz le indicó que entrara.
— Mi niña, que gusto verte, como salieron los exámenes.
— Aquí los traigo.
Katrina le entregó el sobre y el doctor sonrió con dulzura, esa sonrisa que se le da a una mujer que la quieres como una hija.
— Felicidades hija, estás embarazada.
El aire pareció abandonarla por un segundo.
Desde que renunció se había puesto la meta de ser madre, haría una inseminación asistida, ya no quería seguir esperando por el hombre perfecto, se había enamorado de su jefe, pero él estaba profundamente enamorado de su primer amor, a pesar de que lo dejó plantado en el altar. Cuando Ángela volvió, la vio como una amenaza y exigió que Marcus la despidiera. Él no sabía que hacer, siempre había gritado a los cuatro vientos que se cortaría una mano antes que dejarla ir.
Pero Katrina no quiso ser el motivo de una nueva fractura en su vida. Como última muestra de amor, le quitó ese peso de encima y renunció antes de obligarlo a elegir.
Pero Katrina no planeó lo que pasó esa noche, hace un mes, la noche antes de la boda del hombre que amaba.
Esa noche el teléfono sonó a la una de la madrugada. Katrina no dormía. Su mirada estaba fija en el lujoso trozo de papel perlado sobre su mesa de noche: La invitación a la boda de Marcus Miles y Ángela Bianchi. Mañana, el hombre al que había amado en un agonizante y silencioso secreto durante cinco años, le juraría amor eterno a otra mujer.
—¿Señorita Katrina? —la voz de Carlos, el mayordomo, temblaba al otro lado de la línea—. Lamento molestarla a esta hora, pero la señorita Ángela se niega a responder. El señor Miles está en un bar, bebiendo sin control. Solo usted sabe cómo manejarlo.
Katrina cerró los ojos, sintiendo cómo el pecho se le partía en dos. Ella era la secretaria perfecta. Su cerebro. Su sombra. Y ahora, su último recurso.
—Voy para allá, Carlos.
Cuando Katrina llegó al bar, el olor a alcohol y humo la golpeó. Marcus, el imponente y arrogante CEO, estaba derrumbado sobre la barra. Al verla, sus ojos verdes, nublados por el alcohol y la desesperación, se iluminaron. La tomó del brazo con una fuerza que la hizo jadear y la atrajo contra su pecho.
—Trina… —susurró él, hundiendo el rostro en el cuello de ella—. Mi Trina. Eres la única que nunca me abandona.
El aliento caliente de Marcus erizó la piel de Katrina. Lo subió al auto con dificultad y lo llevó a la mansión. Mientras lo desvestía en la penumbra de su habitación, tratando de mantener esa barrera profesional que la había protegido durante años, Marcus le sujetó las muñecas.
—¿Por qué me duele tanto el pecho, Trina? —murmuró él, atrayéndola hacia la cama—. Ángela volvió… me voy a casar con ella… pero siento que estoy perdiendo mi propia alma, ya no hay café perfecto en las mañanas, ya no hay sándwich sin corteza, desde que te fuiste hace un mes, sufro de dolores de estómago, toda la empresa es un caos sin ti Trina, dime, ¿este también es un sueño? Te sueño cada noche Trina.
Katrina no pudo contener la lágrima que rodó por su mejilla.
—Está borracho, señor Miles. Duerma, mañana es su gran día, al fin se casará con la mujer que tanto ama.
Pero él no la soltó. Sus manos grandes y cálidas acariciaron el rostro de Katrina, limpiando su lágrima. En un segundo se borraron cinco años de límites y jerarquías, Marcus unió sus labios con los de ella. El corazón de Katrina estalló. Sabía que estaba mal. Sabía que mañana él sería el esposo de otra. Pero el deseo acumulado, el dolor de perderlo y la intensidad de sus besos la devoraron. Esa noche no hubo secretaria ni jefe. Solo un hombre desesperado y una mujer entregándole todo lo que le quedaba.
—Te amo, Marcus —gimió ella en la oscuridad, sabiendo que el alcohol borraría sus palabras al amanecer.
— Trina, no me dejes, no puedo seguir sin ti, mi Trina…
Los gemidos de Marcus se mesclaban con los de Katrina, la tomó sin descanso varias veces esa noche, jamás la llamó por otro nombre, siempre le susurraba Mi Trina…
Horas después, antes de que los primeros rayos del sol iluminaran la habitación, Katrina se vistió en silencio. Lo miró dormir por última vez. Escribió una notita como siempre lo hacía cuando traía a Marcus borracho y lo dejó sobre la mesa de noche, “No olvide tomar sus medicinas”...
De vuelta al presente, Katrina mordía sus uñas mientras el médico la miraba con una sonrisa dulce.
— Mi niña que te preocupa, te preparaste tanto para la inseminación asistida, y tuviste la suerte de quedar embarazada antes.
¿Cómo le decía al su doctor de confianza, que el padre de ese bebé era Marcus, el hombre que había amado por cinco años pero que ahora era el esposo de otra? Había pasado un mes desde esa noche donde por única vez se entregó a sus deseos y a los brazos de Marcus. Y ahora llevaba a su bebé.
— Es que no es tan fácil, necesito que esto aparezca que es inseminación asistida.


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