Un mes después.
—Felicidades, hija. No es un bebé… son dos. Tendrás mellizos.
Las palabras del médico resonaron en los oídos de Katrina. Sus manos, frías y temblorosas, se aferraron a la ecografía. Dos pequeñas siluetas. Dos latidos. Dos partes del hombre que amaba creciendo dentro de ella.
Había renunciado para empezar de cero, pero el destino le había dejado el recuerdo más imborrable de aquella única noche.
—¿Dos? —susurró.
—Así es. Estabas en un tratamiento de fertilidad, es normal que ocurran embarazos múltiples.
Katrina sonrió y llevó la mano a su vientre.
—Tendré mellizos… seremos una pequeña familia de tres.
Lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, mezcla de miedo, sorpresa y una felicidad que no sabía cómo contener.
—Felicitaciones, mamá —dijo el doctor con ternura—. Están sanos. Muy sanos.
Katrina cerró los ojos. Su vida acababa de cambiar… para siempre.
—Gracias, doctor.
Tiempo despues, Katrina caminaba por una tienda de ropa de bebé con una sonrisa imposible de ocultar. Vestía jeans y una camisa suelta que caía suavemente sobre su vientre. Llevaba el cabello recogido en un moño algo desarmado. No le importaba. Por primera se sentía ligera.
Ya no era un bebé. Eran dos.
Entre sus manos sostenía pequeños trajecitos: algunos azules, otros blancos, otros en tonos neutros. Había comprado de niño… y de niña. Aún no sabía qué serían, pero los esperaba con ansias.
Se detuvo frente a una cuna diminuta y sacó la ecografía del bolso.
Dos pequeñas siluetas. Dos vidas. Tres meses.
—Mis amores… —susurró.
Pagó sin mirar demasiado el monto. Por primera vez, gastar dinero no le producía culpa. Todo tenía sentido ahora. Además, el dinero que Marcus le había dado de compensación por los años de servicio era más que suficiente, podía vivir sin problemas por diez años más. Sin saberlo, había asegurado el futuro de sus dos hijos.
Al salir de la tienda, caminaba distraída mirando la foto cuando chocó con una pareja.
Las bolsas cayeron al suelo.
—Perdón, perdón —dijo de inmediato, agachándose—. Venía distraída…
Mientras recogía la ropita, la ecografía resbaló de sus manos.
Antes de que pudiera alcanzarla, una mano la levantó.
—¿Trina…?
El mundo se detuvo.
Katrina levantó la vista lentamente.
Marcus estaba frente a ella, mirando fijamente la imagen. A su lado, Ángela entrecerraba los ojos con evidente desagrado.
—¿Estás embarazada? —preguntó él, incrédulo.
El corazón de Katrina se paralizó.
—Yo… sí. Te dije que tenía planes de ser madre.
—Sí, pero dijiste que recién en dos meses más comenzarías con la fertilización asistida —replicó Marcus—. Este embarazo se ve avanzado. Tiene al menos tres meses.
Ángela soltó una risa falsa.
—Ay, por favor. ¿De verdad necesitabas fertilidad asistida, Katrina? No me digas que no eres lo suficientemente buena en la cama para atraer a un hombre.
—Ángela, basta —dijo Marcus con firmeza.
Katrina respiró hondo.
—No quiero tener un hombre a mi lado —respondió con calma—. Solo quiero ser madre. No me interesa una relación amorosa y menos depender de un hombre. Jamás lo he hecho y jamás lo haré, señora Miles.
—Claro —ironizó Ángela—. Eso dicen todas las solteronas.
Marcus volvió a mirar la ecografía.
—Pero aquí dice claramente que tienes tres meses.
—Sí. Adelanté el tratamiento.
Se inclinó para recoger sus cosas.


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