Sabrina no extendió la mano, sino que, con una voz cortante, soltó:
—¿De verdad necesitas preguntarme mi nombre? Si ya lograste traerme hasta aquí, seguro sabes mucho más de lo que aparentas.
—Vaya, eres directa —Rafael soltó una carcajada—. Ni siquiera te molestas en fingir conmigo. ¿No te da miedo que decida hacerte daño ahora mismo?
—Si quisieras matarme, ya no estaría aquí hablando contigo. Si me trajiste es porque tienes otros planes —le respondió Sabrina, manteniendo la calma.
—Eres lista, no cabe duda. Ahora entiendo por qué alguien te ha traído en la cabeza durante tantos años.
¿Alguien? ¿Que la ha traído en la cabeza? Sabrina frunció el ceño, llena de sospechas.
—¿De quién hablas?
—Muy pronto lo vas a saber —replicó Rafael, misterioso—. Por ahora, te preparé una habitación de invitados. Anda, descansa un rato.
Sabrina no se movió, su mirada fija en Rafael, como si intentara leerle el alma.
—¿Me trajiste para chantajear a Ignacio?
Pero entonces, ¿para qué capturar también a Camilo?
Rafael chasqueó la lengua, luego le dio un golpecito en la frente.
—¿Cómo le haces para ser tan perspicaz? A veces eso no es bueno, podrías meterte en problemas graves.
—¿Lo haces por dinero o por poder? —insistió Sabrina.
—¿Y si te digo que no es por ninguno de los dos?
—¿Ah, sí? Entonces, ¿de verdad es por mi vida?
La sonrisa de Rafael se volvió descarada y, de repente, se acercó a Sabrina, sus ojos azules tan profundos como el océano, incapaces de delatar ninguna emoción.
—Si ese fuera el caso, ¿no deberías estar temblando de miedo ahora?
—Para nada —contestó Sabrina, sin una pizca de vacilación—. Si tuviera miedo no me habría dejado atrapar tan fácil.
Ella también tenía su propio plan.
Rafael le tomó la cara con una mano, estudiándola de arriba abajo.
—Aparte de tu terquedad, ¿qué más tienes de especial? ¿Por qué será que alguien como él no puede dejar de pensar en ti?
—Toc, toc, toc.
La puerta del despacho se abrió solo después de que Rafael diera permiso.
—Jefe, la gente de Ignacio ya está investigando por aquí. Podemos poner en marcha el plan —informó Guillermo, su asistente, con un español torpe, lejos de la fluidez que caracterizaba a Rafael.
Rafael asintió despacio.
—No hay prisa. ¿Y qué si Ignacio sospecha de mí? No sabe dónde me encuentro. Aquí estamos en Rivella, no en Clarosol. Elegí este lugar justo por eso.
Aquí, el que manda es el local, pensó Rafael.
Guillermo dudó un momento.
—¿Qué hacemos con Camilo?
—¿No viste que Adriana publicó una recompensa de veinte millones en Darknet? Escríbele y dile que deposite el dinero.
—¿De verdad crees que Adriana, tan agarrada como es, va a soltar veinte millones así nada más? —Guillermo no podía evitar su incredulidad.
—No me interesa el dinero —replicó Rafael, su sonrisa ahora teñida de malicia—. Quiero que a Adriana le quede claro que su encargo lo tomé yo. Pregúntale si prefiere que le entreguemos a Camilo entero o si prefiere que desaparezca para siempre.

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