—Sin la orden del señor Guerrero, nadie se va.
Florencio se volvió para mirar a Rafael y lo vio sometido por Ignacio, sin poder defenderse.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Si a Rafael, que no le había puesto un dedo encima a esa mujer, lo estaban golpeando así, ¿cuál sería su destino, que había intentado matarla varias veces?
En menos de cinco minutos, Ignacio terminó con Rafael y se giró, acercándose paso a paso a Florencio. Por cada paso que Ignacio daba, Florencio retrocedía uno.
—Yo no tuve nada que ver, fue Rafael quien me la entregó en la apuesta. Dijo que podía hacer lo que quisiera con ella —dijo Florencio con voz temblorosa.
Pero Ignacio no iba a escuchar sus excusas. Con voz gélida, le dijo:
—¿Saltas por tu cuenta o prefieres que mis hombres te tiren?
—Te lo advierto, soy de la familia Morales de Estados Unidos. Mi familia no es cualquiera. Si muero, tú también caerás conmigo —gritó Florencio, pero su mirada hacia Ignacio estaba llena de terror.
No se le escapaba la sed de sangre en sus ojos.
Rafael se acercó, limpiándose la sangre de la comisura de los labios.
—King, en esto yo metí a Florencio. Ya me golpeaste, ¿podemos dejarlo así?
—¿Y tú quién te crees que eres? —Ignacio lo miró de reojo, con los ojos llenos de desdén—. Si no quieres morir, lárgate de aquí.
—¡King! No te conviene meterte con la familia Morales —le advirtió Rafael con seriedad.
Pero a Ignacio no le importó. Lo único que sabía era que quien se metiera con Sabrina, pagaría las consecuencias.
—Ya que le gustan tanto los tiburones, tírenlo para que les haga compañía. —A una orden de Ignacio, dos guardaespaldas sujetaron a Florencio. A pesar de sus gritos y forcejeos, no pudo evitar ser arrojado al mar.
Con un fuerte «splash», el agua salpicó por todas partes. Florencio, que sabía nadar, salió a la superficie rápidamente.
Ignacio se acercó a la barandilla, sacó una navaja y se cortó la palma de la mano, dejando que la sangre goteara al mar.
Ignacio encontró a Sabrina en la sala de subastas. Su mirada estaba fija en la mujer encerrada en la jaula de hierro, como si le interesara mucho.
—¿Quieres comprarla? —preguntó Ignacio.
A Sabrina no le interesaba comprarla, solo intentaba recordar quién era a través de ese rostro que le resultaba familiar.
—Nacho, esa mujer está loca, no la compres —dijo Adriana con urgencia—. Ya es la segunda vez que la subastan. Dicen que mordió hasta matar al que la compró antes, y que incluso se lo comió…
Ignacio frunció el ceño.
—Ciertamente es peligrosa. Sabri, ¿quieres comprar a otra persona?
—No he dicho que quiera llevármela —dijo Sabrina, pero luego cambió de tono—. Aunque me da lástima, siendo exhibida como un animal. Comprarla para dejarla ir sería hacer una buena obra, ¿no crees?
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