Esos no sabían quién era Camilo; lo tomaron por novato.
Camilo no dijo nada. Entre menos gente apostara por la jefa, más iba a ganar él… y al final él era quien manejaba la apuesta.
Lo suyo era puro apoyo.
¿Cómo iba a ser posible que su jefa no tuviera a nadie respaldándola?
Él era el único fan de verdad.
Qué bola de mensos.
En un rato iban a ver lo que era correr de verdad.
Sonó el disparo.
La final empezó.
Las motos salieron disparadas. Marcos se fue al frente.
Tal como lo habían planeado, los dos de su equipo se le pegaron, cubriéndolo.
Llegaron a la primera curva.
Cuesta de las Ánimas tenía dieciocho curvas; era un infierno.
Como a un lado venía una moto con más potencia, Cecilia se acomodó para no dejar que la rebasaran.
Pasó la primera curva y subió velocidad; la aguja se acercó a los 240.
En la segunda curva, Cecilia bajó varias velocidades de golpe, entró cerrada y aceleró al salir.
Así pasó varias curvas seguidas y ya había dejado atrás a la mitad.
Alonso venía pegado a Cecilia. Había visto su manejo y le entró presión.
Iba forzando para alcanzarla, pero cada vez que intentaba pasarla, ella se defendía y no le dejaba el hueco.
En la octava curva, de pronto apareció algo en el piso, como una piedra.
Cecilia reaccionó al instante y la esquivó.
Si no se equivocaba, alguien la había aventado a propósito.
Alonso, que venía atrás, no la vio: la golpeó, perdió control y se fue al piso.
—¡Carajo! —Alonso se levantó. No parecía grave, pero pateó el suelo con rabia.
Cecilia ya lo había dejado atrás.
Más adelante, tras varias curvas, Cecilia alcanzó al grupo de Marcos.


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