Noa miró a Cecilia con los ojos llenos de lágrimas.
—Cecilia… después de todo lo que ha pasado, sé que me equivoqué. Quería venir a pedirle perdón a… a mamá… y no pensé que pasaría esto.
—¿“Mamá”? —Cecilia la miró, confundida.
¿En qué momento Marina se volvió “su mamá”?
Antes Noa los evitaba y hasta los despreciaba.
—Noa, yo ya no soy tu madre —dijo Marina—. Dime “Señora Galindo”.
Marina sabía que Cecilia podía sentirse incómoda.
—Sí, señora. Aunque usted no sea mi mamá biológica, usted me crió dieciocho años. En mi corazón, usted es mi mamá de verdad… más que mi mamá biológica.
Cecilia se quedó sin palabras.
Qué rápido cambiaba el discurso.
Marina también lo veía raro: antes, cuando Noa supo que no era hija biológica, los trató terrible.
¿Y ahora ya era otra persona?
—Noa, ¿de qué estás hablando? Tú sí tienes mamá… Yo solo fui tu mamá adoptiva —dijo Marina.
—Señora… mi familia se vino abajo. Mis papás biológicos cambiaron conmigo, y mis hermanos también. Dicen que soy de mala suerte y me corrieron. Hasta ahorita entendí que los únicos que de verdad me querían eran ustedes. Señora, por favor… no me deje. Yo ya no tengo a nadie… —Noa se quebró y empezó a llorar.
—Ya, ya… no llores. Traes una herida en la cabeza…
Cecilia, viendo eso, salió en silencio.
—¿Cómo está su mamá? —preguntó Saúl.
—Mi mamá está bien. La que se lastimó fue Noa.
Saúl ni le dio importancia. Noa no le parecía alguien relevante.
Clara se enteró de que Noa había tenido un accidente y fue al hospital a verla.
En el fondo, seguía considerándola su hija.

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