—¡Que venga alguien! ¡Quiero que le den una lección!
Un guardaespaldas se acercó y se tronó los nudillos, listo para sacarlos a la fuerza si se lo ordenaban.
Cuando la abuela controlaba la casa, era dura: al que no obedecía lo ponía en su lugar o lo castigaba.
Olivia, de la segunda rama, y Helena Llorente de Galindo, de la tercera, al ver el látigo se pusieron pálidas.
A ellas ya les había tocado.
En esa familia todos le tenían miedo a la abuela.
Con un golpe, la cara se hinchaba. Así de fuerte era.
Marina no era nueva en eso. En cuanto vio el látigo, se le aflojaron las piernas.
Una vez casi le tumba los dientes.
El recuerdo era horrible.
La abuela lo tenía claro: con una nuera no se tentaba el corazón. Con los nietos prefería que no quedaran marcas visibles, porque no quería escándalos.
Cecilia, al ver el terror de Marina, entendió por qué la vez pasada, cuando fueron a la casa Galindo, su mamá andaba tan cuidadosa y asustada.
Ya la habían golpeado.
Vivir en una familia de dinero… no era nada fácil.
—¡Mamá! ¿Cómo te atreves a pegarle a alguien? —Thiago se puso al frente para proteger a su esposa.
—Hijo, hace rato te dije que corrigieras a tu esposa y a tu hija. No lo hiciste. Entonces me toca a mí.
—¡A ver quién se atreve! —Cecilia alzó la voz.
¿Golpear a su mamá frente a ella?
Ni porque fuera su abuela la iba a dejar.
Thiago también explotó:


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