Teresa estaba temblando. Ver a Cecilia pelear así casi la desmaya del susto.
—Estoy bien. Voy a hablarle a Sebastián para que venga por ti.
Sebastián, al enterarse de que Teresa estaba a salvo, se emocionó como loco.
En cuanto llegó, la abrazó y se la llevó.
—Tú también vete —le dijo Cecilia a Zacarías.
—Jefa… ¿segura que puede sola?
—Sí. Ya he pasado por peores. El objetivo de Lobo soy yo. Martina no le sirve para nada; solo la está usando para presionarme.
—Está bien. Si sabe algo, avíseme.
Zacarías se fue.
Ya eran las dos de la mañana.
Cuando Zacarías volvió a la mansión, se pasó la mano por el cuello: se había cortado sin darse cuenta.
Iba a subir a su cuarto a limpiarse cuando Mónica bajó las escaleras.
—¿Y tú qué? ¿A estas horas andas de vago?
Zacarías sonrió, despreocupado.
—¿Me andabas esperando o qué?
—Ni que me importaras. Pero me preocupa que andes haciendo tonterías y me salpiques. No estás en la casa y sales a estas horas… ¿a qué?
Mónica lo miró con más atención y vio la herida.
—¿Te agarraste a golpes?
—Hubo un detalle.
—Qué inútil. Tú que siempre tan muy acá… y mira nada más. Te dejaron así. Al rato va a resultar que no eres para tanto.
Zacarías se quedó callado.
Era Lobo.
Un pez gordo de la Organización Lince.
Y sus hombres eran veteranos de verdad.
Él y su jefa ya habían hecho lo que podían; si hubiera sido cualquier otro, ni se enteraba cómo lo mataban.
—¿Y ahora por qué no dices nada? Mira: tú eres un broncudo. Ni se te ocurra andarme metiendo en problemas. Si no, le digo a mi papá —siguió Mónica.
—No te voy a meter en nada.
Zacarías se dio la vuelta y se metió a bañarse.
A Mónica le dio más coraje verlo tan campante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia