De pronto, parecía que nada importaba más que la propia salud.
Cristian redactó su testamento y firmó los documentos de traspaso, cediéndole todas sus acciones del Grupo Rivas a Leandro.
Con esas acciones en su poder, Leandro se convertía oficialmente en el dueño absoluto del Grupo Rivas.
—Y las demás empresas que están a mi nombre... —empezó a decir Cristian.
—No me interesan tus otras empresas. Solo me importa el Grupo Rivas, ¡porque esto le pertenece a los Ledesma! —lo interrumpió Leandro.
Tras descansar dos días más en el hospital, Cristian por fin logró ponerse de pie apoyándose en un bastón.
Lo primero que hizo fue regresar a la mansión Rivas.
Cuando Valeria vio que Cristian entraba caminando, casi se cae de espaldas.
¡Ella creía que se había quedado paralítico de por vida! ¡¿Cómo era posible que estuviera caminando?!
Y ahora estaba ahí, vivito y coleando, plantado frente a ella.
—Leandro, ¡¿qué significa esto?! —exigió saber Valeria.
—Fui yo quien hizo que lo curaran —respondió Leandro con frialdad.
Valeria bajó la voz y le reclamó:
—Tú... ¡¿por qué no me lo consultaste?! Tomaste la decisión por tu cuenta, tú...
—¡Ya basta! ¡Cállate! —la cortó Leandro, harto de ella.
Cristian, que había presenciado toda la escena, se acercó y le soltó una fuerte cachetada a Valeria.
—¿Qué pasa? Te morías de ganas de que me cargara la fregada, ¿verdad?
—Cristian, no lo dije con esa intención. Me da mucho gusto verte recuperado.
—¡Lo que estás es arrepentida! ¡Arrepentida de no haberme matado cuando tuviste la oportunidad!
Solo así había logrado envenenarlo poco a poco.
Su único propósito en la vida era destruir a ese hombre con sus propias manos para cobrar venganza.
—¡Valeria, qué locura! —dijo Zoe a propósito—. ¡Cómo pudiste envenenar a tu propio esposo! ¡Es espantoso!
Valeria ni siquiera se molestó en mirar las lágrimas de cocodrilo de esa mujer.
En su lugar, miró a su esposo con una sonrisa venenosa:
—Cristian, yo solo te di a probar de tu propia medicina. En mis mejores años yo era una mujer sana. ¿Y sabes por qué me fui marchitando? ¡Porque tú fuiste el primero en darme drogas a escondidas para arruinarme la salud! ¡Apenas tengo cincuenta años! Y mírate cómo me dejaste, parezco una anciana de ochenta. ¿Y todavía tienes el descaro de dártelas de santo? Envenenaste a tu propia esposa, ¡no hay bajeza de la que no seas capaz! ¡Te merecías todo lo que te pasó! ¡Jajajajaja!
Al escuchar esa confesión, Cecilia y Saúl se quedaron helados.
Resultaba que la precaria salud de Valeria había sido obra del mismísimo Cristian.
—¡Bah! Sí, fui yo, ¿y qué? Mi objetivo siempre fue que todos en la familia Ledesma se pudrieran. ¡Yo odiaba a los Ledesma! Cuando nos casamos y me fui a vivir de arrimado a tu casa, me trataron peor que a un perro. Tus padres me veían como basura y tus dos hermanos mayores no perdían la oportunidad para humillarme. Claro, de eso nunca te enteraste. Todos sentían que yo no estaba a tu altura. ¡Ustedes nunca entenderán la humillación de vivir como un yerno mantenido en la casa de su esposa!

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