—No estoy inventando. Ahora me llamo Cecilia y mi apellido es Galindo.
Cecilia le contó lo del cambio de hijas. Mónica era su mejor amiga.
—No manches… qué novelón. ¿Te cambiaron al nacer? Pero equis: seas hija biológica o no, tú eres mi amiga. Y si los Valdés se portaron así contigo, tú dime cómo quieres cobrártela. Yo voy contigo hasta donde sea.
Cecilia sonrió.
—No hace falta. Yo ya tengo un plan. Los Valdés ya andan bien alterados.
Ella solo estaba esperando el momento: cocinarlos a fuego lento, hasta tragárselos vivos.
—Mira nada más… ¿no es la “ex-niña rica” Cecilia? —se oyó una voz burlona.
Cecilia volteó.
Era Ismael Salinas.
El mismo al que los Valdés le habían arreglado compromiso… aunque ahora ya era asunto de Noa.
Antes, Ismael había intentado estar con Cecilia, y ella lo rechazó. Y ahí estaba otra vez.
—Mónica, vámonos —dijo Cecilia.
Ni ganas de hablar con ese tipo.
—¡Espérate, Cecilia! Tengo algo que decirte —insistió Ismael.
—Primero límpiate las lagañas y luego hablamos.
—¿Lagañas…? —Ismael se tocó el ojo, por reflejo.
Mónica se tapó la boca para no reírse.
Hasta que Ismael entendió que lo habían chamaqueado.
—¡Te pasas, Cecilia! ¿Todavía te crees la señorita Valdés? ¿Así me vas a hablar como antes?
—Hazte a un lado —lo cortó Cecilia.
Ismael era como una mosca: nomás estorbaba.
—¿Y tú de qué presumes? Ya no eres nadie. Me enteré de que tu nueva familia vive en el rancho, hasta crían animales. Antes, porque eras “la Valdés” y estabas comprometida conmigo, te aguantaba. Pero ya no. No te quieras pasar de lista.

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