Cecilia se quedó callada. Antes de conocerlo, ella vivía perfectamente sola.
—Pero yo sí voy a extrañarte. Todos los días. ¿Te mando WhatsApp diario? —preguntó Saúl.
Cecilia vio sus ojos, tan sinceros, y no tuvo corazón para cortarlo.
—Está bien —dijo, sin mucha emoción.
Saúl se puso feliz.
Después de cenar y pagar, Saúl se acercó y le tomó la mano.
—Ya me voy a ir… déjame agarrarte la mano tantito. Allá no voy a poder.
Saúl la miró con cara de “pobrecito”.
Cecilia no supo ni qué decir.
Salieron de la mano… y justo en ese momento, Noa los vio.
Al verlos tan cariñosos, a Noa le ardió el coraje.
Ese compromiso, que según ella le tocaba a ella, se lo había quitado Cecilia.
—Noa, ¿qué estás viendo? —le preguntó el hombre que iba con ella.
—Nada —sonrió Noa.
Ese “director Lamas” se lo había presentado Clara. Ya rondaba los cuarenta; al parecer su esposa había muerto y tenía un hijo de dieciocho.
Era feo, hasta se estaba quedando calvo, pero tenía una empresa y dinero.
En su casa ya andaban casi sin poder sostenerse, y Clara le había dicho que se pegara a ese “director Lamas” para que luego ayudara a la familia.
Noa no quería, pero Guillermo era muy generoso y le soltaba buena lana.
Sus joyas las habían tenido que vender… y Guillermo se las compró otra vez.
Por esas joyas, Noa aceptó estar con él.
Pero, al final, seguía siendo un tipo asqueroso.
Comparado con Saúl, no tenía nada que hacer.
Y en la cama… Guillermo ni daba una. Noa se moría de coraje.
***
Hacienda San Jerónimo.
El carro se detuvo en la explanada y Cecilia se bajó.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia