—Primero voy a checar —dijo Cecilia.
Siguió al personal técnico hasta el cuarto eléctrico.
Normalmente ese lugar tenía guardias y la puerta estaba protegida con clave, justo para evitar que alguien entrara, se electrocutara o hiciera desmadre. La vigilancia ahí siempre había sido estricta.
Pero, en cuanto los guardias se fueron, ya nadie supo la clave. Y como la puerta era de alta seguridad, ahora de plano no podían abrirla. Ni siquiera un cerrajero se animaba a garantizar que pudiera abrir esa chapa especial.
Y no solo era el cuarto eléctrico: también había salas de archivo importantes. Antes, tanto los guardias como el encargado se sabían las claves. Quién sabe cuándo, pero los guardias las cambiaron en secreto; luego se pelaron… y ahora tampoco podían abrir.
La empresa estaba paralizada.
Había trabajo que simplemente no se podía arrancar.
—Señorita Cecilia, es aquí —le dijo un técnico—. Siguen viendo cómo abrir, pero esta puerta está durísima… yo creo que va a tocar tumbar pared.
Cecilia miró la cerradura y respondió:
—No hace falta.
Se acercó al teclado y empezó a moverle.
Nadie tenía esperanzas. Ya la habían revisado técnicos buenos y no pudieron. ¿Cómo iba a poder una señorita como Cecilia?
Pero en eso se escuchó un clic seco.
La puerta se abrió.
—¡Ya abrió! —se quedaron helados.
¿En qué momento lo hizo? Ni alcanzaron a ver bien.
La habían subestimado.
—Ya dejé la clave reiniciada: 287129. Anótenla —les indicó Cecilia.
—Sí.
Cecilia entró al cuarto eléctrico.
—¿Y el electricista? Que venga a revisar —dijo el encargado que iba con ellos.
Alguien respondió, titubeando:
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