—¿Qué van a saber ustedes? Esto lo ordenó mi jefa, y aquí se hace. Nadie se me hace pendejo. Poder ayudarle a ella es un honor. Y el que vuelva a estar de hocicón, yo mismo lo reviento, ¿entendido? —los frenó Camilo.
—Sí, señor Camilo.
—Órale. A patrullar. Y pongan ojo en el almacén. Ahí no quiero que entre nadie.
En ese momento, dos hombres se metieron a escondidas a la planta.
Eran dos exguardias que habían trabajado ahí por años. Se sabían todo: atajos, puntos ciegos, dónde casi nunca pasaba nadie.
Así que llegaron sin bronca al almacén.
Ahí había un montón de producto terminado, listo para venderse.
Si prendían fuego ahí adentro, podía explotar.
Y entonces, los responsables serían los directivos.
Cuando estaban por meterse, alguien apareció por detrás y les dio un toque en el hombro.
Los dos se voltearon, asustados. Ni alcanzaron a reaccionar cuando escucharon:
—Agárrenlos.
No tuvieron ni cómo defenderse. En segundos los sometieron.
—Pinches ratas. Qué bueno que los agarramos; si no, los que amanecíamos muertos éramos nosotros. Llévenselos con el señor Camilo.
¿Cómo iban a poder contra ellos?
La Orden de la Merced estaba bien entrenada. Todos peleaban bien. No eran como los mercenarios que Cecilia había entrenado antes, pero estaban cerca.
Camilo estaba sentado, con la pierna cruzada, jugando con unos dardos cuando vio que sus hombres llegaban con los dos detenidos.
—Señor Camilo, agarramos a dos que andaban de colados.
—Tráiganlos.
Los dos, sin entender en qué lío estaban, todavía se pusieron a amenazar:
—Más les vale soltarme. Si no, se les va a venir el mundo encima. La gente que me respalda no los va a dejar así nomás.


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