Ismael desde el inicio la había menospreciado; ahora, peor.
Sobre todo desde que los Valdés se fueron a la ruina: le daban mala espina.
En el fondo, él sentía que quien debía haberse casado con él era Cecilia.
La que le gustaba era Cecilia.
Pero en ese entonces, los Valdés armaron el drama de la “hija verdadera y la falsa”, y Noa entró a ocupar el lugar.
Él siempre se quedó con la espina.
—Ismael… aunque sea por lo que vivimos antes… y porque llegué a estar embarazada de ti… no me corras…
—¡Lárgate! —le gritó Ismael.
En eso llegó una mujer guapísima, de cabello largo y vestida para llamar la atención. Al ver a Ismael, sonrió coqueta.
—Señor Salinas, ¿y esta quién es?
—Una loca, nada más. Vámonos —dijo Ismael, abrazando a la mujer, y se fue.
Noa se quedó ahí, apretando los puños.
Ismael… maldito.
No le quedaba ni una pizca de consideración.
Y entonces empezó a llover.
Noa caminó sin rumbo, sola y hecha pedazos.
Ella era la hija “de verdad”… ¿por qué había terminado así?
La lluvia la empapó.
No tenía a dónde ir, así que le marcó a Clara para pedirle dinero.
—Noa, no tengo. A tu papá lo volviste a mandar al hospital. Trae el corazón mal, está grave. No regreses ahorita a alterarlo. Allá tú… cuídate como puedas —dijo Clara y colgó.
A Noa se le fue el alma al piso.
Pasó un carro a toda velocidad y le aventó un chorro de agua en la cara.
Se tambaleó y se cayó en la banqueta.
Noa quedó hecha un desastre, pero apretó los puños; traía la mirada dura, entre terquedad y rabia.
—No me voy a dejar. No… ni madres.
—No soy de las que se rajan.
—Entre más me peguen, más voy a salir adelante.

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