—A ver, suéltalo. ¿Qué traes? —preguntó Cecilia.
Mónica suspiró, apoyando la cabeza en la mano, con cara de “ya me harté”.
—Pues mi papá, que ahora quiere que me regrese a la casa a heredar la empresa… qué flojera.
Martina se quedó en shock.
Ya no pudo contenerse.
—¿Te da flojera heredar una empresa…?
Mónica la miró como si fuera obvio.
—Ay, Martina, es que tú no entiendes mi situación.
—No… pues no —admitió Martina, apenada.
Tener dinero y quejarse… eso sí no lo entendía.
Cecilia preguntó, calmada:
—¿El señor Fonseca trae algo?
—¿Cómo supiste?
—Lo conozco. Si no fuera por salud, no te estaría apurando así. Seguro está enfermo.
—Mi papá lleva días internado. Yo tampoco quiero que se mate trabajando, pero… es que yo todavía no quiero hacerme cargo. Quiero seguir viviendo.
Cecilia lo pensó un momento.
—Mañana voy al hospital a ver al señor Fonseca. Lo reviso y le doy tratamiento.
—¡Sí! —Mónica se emocionó—. Si vas tú, mi papá va a estar bien. ¡Todavía aguanta unos años!
Cecilia la miró de reojo.
—Qué buena hija eres…
Mónica se rió, incómoda.
Esa noche, Saúl quiso pasar por Cecilia, pero le dijeron que estaba con Mónica.
No tuvo de otra que aguantarse.
Como llevaba un día entero sin verla, a la mañana siguiente fue él mismo a Hacienda San Jerónimo.
En cuanto la vio, Saúl le agarró la mano.
—Ayer no te vi en todo el día… ¿me extrañaste?
Cecilia no supo qué responder.
Este hombre sí era bien encimoso.

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