Al salir, Cecilia vio a una mujer aferrada a Mónica, despeinada, llorando y completamente deshecha.
Le agarraba el pantalón y suplicaba, llorando.
—Señorita Fonseca, por favor, salve a mi esposo. Su enfermedad… solo aquí se la pueden tratar. Se lo ruego.
—Lo siento, pero esto no lo decido yo. Y ahorita casi no hay camas. Aunque me lo ruegue, no puedo hacer nada —contestó Mónica.
Ella nunca se metía en los asuntos de su familia, y mucho menos en lo del hospital.
Había demasiada gente sufriendo en el mundo; no se podía salvar a todos.
Si abría esa puerta, al rato todo mundo llegaría a suplicar y el hospital se saturaría.
—Señorita Fonseca, se lo ruego… por favor…
—¡Amiga! ¡Ya llegaste! —Mónica vio a Cecilia y se le iluminó la cara.
Cecilia se acercó. La mujer levantó la vista y se toparon cara a cara.
Cecilia se quedó sorprendida.
Era Clara.
¿Cómo había terminado así?
No quedaba nada de aquella mujer altanera, que se creía intocable.
Desde que la familia Valdés se vino abajo, la vida la había aplastado. Ya no tenía ni sombra de “señora de sociedad”.
Clara, al ver a Cecilia, se quedó helada.
—¿La conoces? —preguntó Mónica.
Cecilia respondió sin emoción:
—Sí. Es la esposa de Iker.

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