Marina se quedó a un lado, cuidándolo.
—Oye, Cici… ¿y Saúl ya está bien? ¿No que lo llevaste al hospital para operarlo? —preguntó con preocupación.
—Ya está bien. La cirugía salió muy bien.
—Cici, de veras eres una fregona.
Justo cuando estaban felices porque Thiago ya podía pararse, el vecino Fabián llegó corriendo.
—¡Señora Galindo! ¡Señora Galindo! ¡Está mal la cosa! ¡Pasó algo!
Marina y Cecilia salieron de inmediato.
—Fabián, ¿qué pasó?
—¡Señora, se llevaron a Adrián! ¡La policía se lo llevó!
—¿Cómo que se lo llevaron? ¿Qué hizo? —Marina se puso pálida.
—Mire… en la obra, un tal Gonzalo dice que Adrián se robó material para venderlo. Se pelearon y llegaron a los golpes. Ya sabe que Adrián es fuerte… lo tumbó de una. Al otro lo llevaron al hospital. Y luego la policía encontró “pruebas” donde Adrián se queda a descansar… y por eso se lo llevaron.
Marina se tambaleó y dio unos pasos hacia atrás.
—Adrián… Adrián…
—Mamá, tranquila. Yo lo arreglo —Cecilia la sostuvo.
—¿Tú… tú? Pero si estás bien joven, ¿cómo vas a arreglarlo?
—Confía en mí. Voy a sacar a Adrián de ahí. Primero voy a la comisaría a ver qué onda y hablar con él.
Dicho eso, Cecilia se encaminó a la puerta.
Marina, viendo su espalda, sintió que por fin podía respirar.
Antes, cuando pasaba algo, en su casa nadie sabía qué hacer.
Todo lo terminaban decidiendo Daniel y Teresa.
Ella, por más que quisiera, no tenía cabeza para esas cosas.
Pero con la calma de Cecilia… sintió como si por fin hubiera alguien que tomara el mando.

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