A su Cici se la iban a llevar a comer rico y ni lo invitaba.
—Saúl, es una reunión de la escuela. Van puros compañeros. ¿Tú qué vas a hacer ahí? —Cecilia no pudo evitarlo.
—Bueno, bueno. Tú mandas. Yo hago lo que tú digas —dijo Saúl, haciendo puchero.
Si seguía, al rato la que se enojaba era ella.
Cecilia colgó. Marina se acercó y dijo:
—Cici, vino una compañera tuya a verte.
—Ok, ahorita bajo.
Era Martina.
Ayer Martina le había dicho que pasaría por ella para ir juntas.
Desde que Martina empezó a juntarse con Cecilia, el grupito de Berta la empezó a hacer a un lado.
Ahora su única amiga era Cecilia.
—¿Lista? Ya vamos tarde —dijo Martina.
—Sí, vámonos.
—¿No te vas a cambiar? ¿Así te vas a ir? —Martina la miró de arriba abajo.
Camisa blanca, jeans holgados, tenis blancos.
Y el pelo, recogido rápido en una trenza.
Más simple, imposible.
—¿Qué tiene?
—Berta dijo que hoy había que ir arregladas.
—Yo con estar cómoda tengo. Vámonos —dijo Cecilia, y rodeó con el brazo los hombros de Martina para llevársela.
Martina traía un vestido azul, de esos que guardaba “para ocasiones”.
Y todavía había gastado unos cuantos pesos en el salón para que le hicieran un peinado trenzado.
Al ver cómo iba Cecilia, le entró la duda de si ella se habría arreglado de más.

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