Era Leonardo. Antes había mostrado interés por Cecilia, pero ella lo rechazó.
Quién iba a pensar que terminaría con Berta.
—Leonardo supo que íbamos a cenar aquí y se quiso pasar un rato. ¿No les molesta? —preguntó Berta.
—¡Claro que no! —Estela fue la primera en echar porras—. ¡Leonardo y Berta se ven súper bien juntos!
Leonardo era guapo; en la escuela lo consideraban el “galán” del momento.
Con Berta, la verdad, se veían bien. Además tenía muchas admiradoras, así que en cuanto llegó, varios lo recibieron con emoción.
—Ya avisé que saquen los platillos —anunció Berta—. Coman con calma. Después pueden ir a la terraza; hay una fiesta con música en el segundo nivel, y también hay una obra. Lo demás sí se cobra aparte, así que si quieren, ya cada quien ve qué consume.
Todos se emocionaron con lo que venía.
Habían escuchado que en el crucero había de todo: comida, bebida, entretenimiento… y querían verlo con sus propios ojos.
Si hacía falta, podían pagar alguna actividad para probar.
Empezaron a traer los platillos. Todo se veía de lujo, por algo era comida de crucero.
Incluso se veía mejor que en muchos hoteles de cinco estrellas.
El crucero de la familia Urbina estaba hecho para gente con dinero.
—Cecilia, mira esa langosta… yo nunca había visto una así —susurró Martina.
—No está tan fresca —respondió Cecilia.
—¿Y tú cómo sabes?
—Se nota.
Martina se sintió como si ella fuera la única que no tenía mundo, mientras Cecilia estaba tranquilísima.
Para ustedes: vino de Bahía Azul —anunció un mesero, dejando varias botellas sobre la mesa—. Provecho.
Un compañero que sí le sabía dijo de inmediato:
—Conozco esa marca. Es carísima, una botella cuesta más de diez mil.
—No manches… ¿yo tomando vino de ese precio? Qué locura.
Todos estaban ansiosos por probarlo.

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