Nunca imaginó que Iván fuera un tipo tan violento.
Creyó que podía hablarse “por las buenas”.
Y lo peor: Leonardo se quedó a un lado mirando, sin defenderla.
Ni una palabra. Solo con la cabeza baja.
La maestra Mejía ya no aguantó.
—Señor Urbina, soy la maestra del grupo. Berta es mi alumna. Pase lo que pase, no tenía por qué golpearla.
Iván le echó una mirada de arriba abajo y bufó.
—¿Y usted qué? ¿Ya se le olvidó dónde está parada? Llévese a sus alumnos y lárguense, o también le toca.
—¡Usted es un abusivo! —la maestra Mejía no podía creer que un empresario tuviera tan poca educación.
—¿Abusivo? Mi gente vino a hablarles bien, hasta les ofrecimos descuento en bebidas, y ustedes se pusieron necios. Ahorita llega mi invitado. Váyanse ya.
La maestra Mejía estaba furiosa.
Todo iba perfecto: una cena del salón, una convivencia… y terminó en esto.
—Ese Iván se ve bien pesado… yo ni me atrevo a hablar —susurró Martina al oído de Cecilia.
Ningún compañero se animó a ponerse de pie.
—¿Y si no nos vamos? —se escuchó una voz de pronto.
Todos voltearon.
Cecilia se levantó de su asiento.
—¿Y tú quién eres? —le soltó Iván.
Cecilia caminó y se puso frente a la maestra Mejía, cubriéndola.
—Nosotros apartamos este privado primero. Se tiene que respetar hasta que terminemos. Lo que están haciendo no es forma de tratar a la gente. Hoy, pase lo que pase, esta cena la terminamos aquí.
La maestra Mejía, en ese instante, le agradeció de corazón.

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