—¡Voy a encontrar pruebas! ¡En la oficina hay un montón de gente que me apoya! ¡No voy a decepcionarlos! —Mónica de pronto se llenó de confianza.
—¿Cómo que en la oficina todos te apoyan? —preguntó Cecilia, intrigada.
—¡Sí! ¡Todos están de mi lado! ¡Me dijeron que me fuera con todo y que no me rajara!
—Yo digo que más bien te están usando —Cecilia negó con la cabeza.
¡Mónica era demasiado inocente!
—¿Usando? ¿Cómo que me están usando?
Cecilia le explicó:
—Antes, ni para sacar una copia te pelaban. Y ahora que pasó esto, de repente todos andan bien atentos, corriendo a “apoyarte”. ¿A poco te conocen? Lo que quieren es que tú des la cara.
—Esa gente lleva años aquí. ¿Tú crees que no sabían que la cafetería estaba asquerosa? No se animan a decir nada por miedo a perder la chamba, así que te empujan a ti para que te quejes.
—En pocas palabras: si tú ganas, ellos también se cuelgan la medalla. Si tú pierdes y te corren, a ellos ni les afecta. Total, nomás te echaron porras. ¿Qué pierden?
Mónica se quedó sin palabras.
Así que… no era apoyo de verdad.
La estaban usando de escudo.
—Pero yo algún día voy a heredar la empresa. Si ya vi el problema, claro que lo tengo que arreglar. Si ellos no se atreven, yo sí —dijo Mónica, como si por fin le cayera el veinte.
—En eso tienes razón. Tú no eres como ellos. Yo sí te apoyo para que limpies todo ese desmadre del comedor desde la raíz, pero también ponte lista: en la chamba, si te descuidas tantito, te ponen el pie. ¿Entendido? —le advirtió Cecilia.
—Entendido.
Hasta ese momento, Mónica sintió que salir a trabajar venía con un montón de cosas.
Hasta ser una simple empleada tenía su ciencia.
Pronto terminaron de comer.
Saúl iba a llevar a Cecilia de regreso.
Y Zacarías se fue con Mónica para volver a casa.
Ya afuera, Mónica miró hacia la orilla de la calle.
—¿Y el carro? ¿No que tú eras el chofer?

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