Después de todo, era el mismo que hasta en moto se había estampado con alguien.
—¿Si no, tú quieres manejar? —le reviró Zacarías.
—Si yo manejo, ¿entonces para qué te pago de chofer? —se quejó Mónica.
Zacarías no contestó. Al rato, no se aguantó y preguntó:
—La Srta. Galindo de hoy… ¿desde cuándo la conoces?
Apenas mencionó a Cecilia, a Mónica se le notó lo presumida.
—Es mi mejor amiga. Nos conocemos desde chiquitas.
—¿Ella regresó a Ciudad de San Martín hace pocos años?
—Mmm… creo que sí. Antes estaba en el rancho… Oye, ¿por qué andas preguntando cosas de mi amiga? A ver, Zacarías, habla con la neta: ¿te gusta? ¿Te late? —lo encaró Mónica.
—No —respondió Zacarías, con toda calma.
—¡Ajá! ¿No? Yo digo que sí. Zacarías, no pensé que salieras tan mañoso. Te aviso: ni se te ocurra tirarle el rollo. Ella ya tiene dueño. ¿Viste al de hoy, el Sr. Rivas? Ese es su prometido. Tú estás lejísimos de él. Mejor ni te hagas ilusiones.
Zacarías sonrió y no dijo nada.
Lo suyo con Cecilia era más de respeto y admiración, como de compañera y guía. Nada que ver con romance.
Por fin llegaron a casa.
Mónica entró a la mansión y Zacarías también.
—Oye, ya llegué. ¿Tú por qué sigues entrando?
—El Sr. Fonseca dijo que soy tu prometido. Que, de ahora en adelante, voy a vivir contigo.
Mónica se quedó muda.
Apretó los dientes del coraje.
—¿Estás mal o qué? ¡Yo no he aceptado nada! ¿Ya te pegaste? Zacarías, te lo digo claro: tú solo eres mi chofer.
—Sí, lo sé. Pero lo que diga el Sr. Fonseca, yo no lo puedo desobedecer.
—¡Ah, bueno! Muy valiente, ¿no? Te escudas en mi papá. Mira: en esta casa no subes al segundo piso. Te quedas abajo. ¿Me oíste?
—Sí —Zacarías asintió.
La planta baja era enorme y también tenía cuartos. No le importaba.
Zacarías se bañó y regresó a su habitación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia