—Director Rivas, ¿vamos a casa? —preguntó Esteban desde el volante.
Ese día, raro, había salido temprano.
—A Hacienda San Jerónimo —dijo Saúl, mirando el pastel que traía en las manos.
Lo había mandado hacer especialmente para Cecilia.
—Perfecto —respondió Esteban.
Cada que el director Rivas tenía tiempo, se la pasaba yendo a Hacienda San Jerónimo.
Cuando llegaron, Agustín le abrió personalmente.
—Tenía rato sin venir, Sr. Rivas —dijo Agustín, muy amable.
—Sí… y también tenía rato sin verte, Agustín.
—Me tomé unos días. Tuve asuntos en casa.
—Ya veo. Oye, ¿todo bien por aquí? —preguntó Saúl.
—Todo bien. Nada más que la Srta. Galindo corrió a Noa. Esa Noa se ponía la ropa de la Srta. Galindo y hasta se robó las joyas de la Sra. Galindo. Se sentía dueña de la casa, traía gente indeseable… y la Srta. Galindo se cansó y la sacó.
—Qué bueno. Esa mujer siempre ha sido mala —Saúl se quedó más tranquilo.
En su tiempo en aquella casa destartalada en La Franja del Norte, Noa fue a verlo una vez.
No solo lo humilló; también lo trató como si quisiera verlo muerto.
Esa vergüenza no se le olvidaba.
—¡Mira nada más! ¡Saúl! —Marina lo vio y se alegró.
—Sra. Galindo, ¿Cici está? —preguntó Saúl.
—Sí. Súbete, ahí anda. Ve a buscarla al cuarto.
—Gracias —Saúl asintió con educación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia