—Todavía no me dices… ¿por qué te gustan tanto los postres?
—Tal vez… porque antes todo me sabía amargo, y quería algo dulce —Cecilia sonrió.
En ese entonces, todos creían que ella era la “niña rica” de los Valdés, que vivía entre lujos.
Pero la realidad era otra: desde muy chica la mandaron al campo y la dejaron prácticamente a su suerte.
Los demás niños se burlaban de ella, le decían que no tenía papás.
Y sus propios padres no la querían; al contrario, se ponían de acuerdo para hacerle la vida imposible.
Le aventaban lodo a la cabeza… y ella apenas tenía cuatro o cinco años.
Cuando regresaba a casa, la empleada también le pegaba.
Decía que Cecilia regresaba hecha un desastre, y encima le inventaba trabajos para castigarla.
Esa mujer era la que Iker Valdés y Clara habían contratado allá para “cuidarla”.
Pero cuando un niño crece sin sus papás, ¿quién va a tratarlo bien de verdad?
La empleada no le daba de comer y, en pleno invierno, la dejaba a su suerte.
Una vez, unos niños de su edad la golpearon hasta dejarla llena de moretones; le pegaron con palos.
Y fue esa vez cuando conoció a un anciano.
El anciano le dijo que tenía un talento fuera de lo normal, y le preguntó si quería aceptarlo como maestro; que a partir de ese día él se haría cargo de ella.
Pero Cecilia no aceptó.
Lo rechazó.
Eso hizo que el viejo la admirara todavía más.
Cualquier niño, en su situación, habría dicho que sí sin pensarlo.
Pero ella no.
Esa terquedad le gustó.
Hasta que Cecilia volvió a casa y la empleada la golpeó otra vez… y el viejo volvió a salvarla.
Ese día le dijo algo que se le quedó grabado: si no quería que la pisotearan, tenía que volverse fuerte.
Y ahí, por fin, Cecilia aceptó.
Después, entrenaba todos los días con él, y él le enseñó muchísimas cosas.
Cuando cumplió ocho años, la empleada intentó volver a abusar de ella… y Cecilia la puso en su lugar.

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