—¿Qué…? —El Supervisor Jara la miró sin entender.
Una empleada cualquiera, ¿qué respaldo iba a tener?
Detrás de ella solo estaba ese Zacarías, que parecía un vago.
Zacarías, sentado a un lado con las piernas cruzadas, dijo como si nada:
—Porque ella es la única heredera del Grupo Fonseca.
El Supervisor Jara abrió los ojos, incrédulo, mirando a Mónica.
—¿Usted… usted es… la señorita Fonseca?
—Así es. Soy Mónica. Entonces dime: ¿el “director Fonseca” pesa más… o yo? Al rato todo el Grupo Fonseca va a ser mío. Ya sabes qué te conviene.
—Pero… pero si usted es la señorita Fonseca… ¿para qué se mete a trabajar como empleada? —no lo entendía.
—¿Y si mi papá quiere que empiece desde abajo para ir agarrándole al negocio? ¿O qué?
—Sí, sí… tiene razón. Perdón, fui un idiota, no la reconocí, señorita Fonseca. Si quiere pruebas contra el gerente Paredes, yo se las doy. Coopero con todo… nomás suéltenme.
Como vio que ya se estaba alineando, Mónica le dijo a Zacarías que lo desamarrara.
El Supervisor Jara, tal como le pidieron, sacó las pruebas que tenía.
Ahora sí, Mónica por fin consiguió lo que venía buscando.
De regreso, Mónica miró al frente, hacia Zacarías que iba manejando.
—¿Tú ya sabías que el Supervisor Jara iba a salir?
—Sí. Maximiliano Jara sale todos los días a esta hora a comprar el mandado, para quedar bien con su esposa y los niños.
—¡Entonces sí lo hiciste a propósito, para que me desesperara!
—Ya tienes las pruebas, ¿no? ¿Para qué sigues con eso?
Mónica hizo un puchero.

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