—¡Jefe, váyase! ¡Era una trampa! ¡Váyase!
—¡Diego, llévatelo!
Diego y otro hombre agarraron a Camilo y se lo llevaron a la fuerza.
Camilo estaba demasiado grave; ya no tenía ni fuerzas para correr.
—Déjenlo aquí. Nosotros los vamos a distraer —dijo Diego.
Camilo, por la pérdida de sangre, se desmayó.
Si se lo llevaban, no se salvaba nadie.
A un lado había un montón de basura con cosas apiladas.
Diego lo acomodó ahí y lo tapó con lo que encontró.
Luego se fueron para atraer a los enemigos.
Al poco rato empezó a lloviznar.
La lluvia se hizo más fuerte; el frío del agua despertó a Camilo.
Tenía las manos llenas de sangre. Ya no se oía nada, solo la lluvia.
No sabía dónde estaban los suyos.
De pronto, vio unos tenis blancos parados frente a él.
—Ayúdame… —Camilo estiró la mano.
—¡Camilo! —Martina se espantó.
Tiró el paraguas y le quitó de encima lo que lo cubría.
Lo ayudó a salir.
—Vente, te llevo al hospital —dijo, desesperada.
Estaba muy mal y empapado.
—No… Tengo que ver a la jefa. Avísale… te lo pido.
Martina le marcó a Cecilia.
—Cecilia, ven por favor. ¡Camilo está gravísimo!
Cecilia estaba dormida. En cuanto contestó, se levantó y salió corriendo.
Cuando lo encontró, ya casi amanecía.
—¿Qué pasó? ¿Cómo terminaste así?
Camilo había crecido con ella, como si fuera su hermano menor.

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