—Te lo voy a decir claro: ese hijo obediente ya se murió. Se murió allá, en La Franja del Norte. El de ahora ya no es el mismo. Cecilia es mi vida. Si vuelves a tocarla, no me pidas piedad.
Ainhoa temblaba de rabia.
—¿Y qué? ¿Me vas a matar? ¡Ándale! ¡Hazlo! Mátame tú mismo, a ver si te atreves… a ver si no te cae el castigo de la vida.
—Señora… por favor, cálmese —Irene intentó tranquilizarla.
—¿Y ahora qué están peleando? Desde la puerta se oye —llegó Cristian.
Saúl sonrió.
—¿Qué milagro, papá? Nomás estaba bromeando con mi mamá. No pensé que se fuera a enojar.
Ainhoa lo fulminó con la mirada: hacía un segundo casi la reventaba de coraje, y ahora salía con que “bromeando”.
—¿Y de qué era la broma? —preguntó Cristian, sentándose en el sillón.
—De Cecilia. Papá, usted dijo que cuando se desocupara con lo de la empresa, me dejaba comprometerme con ella. ¿Se acuerda?
—Me acuerdo, claro.
—Yo no estoy de acuerdo —cortó Ainhoa.
—¿Ve, papá? Por eso se enoja. A Cecilia la eligió usted como su futura nuera, pero a mi mamá le cae mal.
Cristian fue y le puso un brazo en los hombros a Ainhoa.
—¿Y por qué te enojas por eso?
—Esa mujer no tiene nivel. Dicen que de niña creció en un rancho; no tiene modales. No merece entrar a esta casa. Yo le iba a buscar una señorita de buena familia, pero él cree que lo hago para perjudicarlo. ¿Qué madre va a querer hacerle daño a su hijo?
—Pues… no siempre —murmuró Saúl.
Cristian y Ainhoa lo miraron al mismo tiempo.

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