—Jefa… —sollozó—. De verdad me da miedo morirme. Si me muero, no voy a poder vengarme… y tampoco voy a volver a verte. ¡Gracias por salvarme otra vez!
Cecilia le dio unas palmaditas suaves en el hombro.
—Ya, eres un hombre hecho y derecho. ¿Qué tanto lloras? Ahorita no te pareces en nada a ese Camilo frío y sin piedad.
Camilo se soltó a llorar todavía más.
Solo con Cecilia se permitía ponerse así.
Frente a cualquiera, ni muerto soltaba una lágrima.
Para él, Cecilia lo era todo.
Había sido maestra y amiga; en su infancia, en lo más oscuro, fue Jefa quien lo acompañó.
Si no, ¿cómo habría sobrevivido alguien sin padres bajo las órdenes de Omar?
¿Y cómo habría podido quitarle el control y sacar a Omar de la Orden de la Merced?
Saúl apretó los puños sin darse cuenta y puso cara de pocos amigos.
Con otros hombres… ella era demasiado buena.
La vio limpiarle las lágrimas a Camilo con la mano, y Camilo aprovechó para arrimarse a ella.
Al final, Saúl se dio la vuelta y se fue en silencio, sin decir nada.
—Ya estás grandote y sigues como niño —le dijo Cecilia a Camilo—. Descansa y cúrate. Esta vez te salvó Martina; luego le vas a agradecer como se debe.
—Ya sé… —Camilo hizo un puchero.
Al rato, Martina regresó al hospital ya cambiada.
—Cecilia.
—Se quedó dormido. Te lo encargo —le dijo Cecilia—.
—Sí, tú tranquila. Yo lo cuido.
—Ah, y lo de Camilo… esto tiene que quedarse entre nosotros. No se lo digas a nadie. Su situación es delicada y tiene muchos enemigos. Si se enteran de que está aquí, se arma un problemón.
—Sí. Yo no hablo —aseguró Martina—. Te lo prometo.
Después de dejar todo claro, Cecilia por fin se quedó tranquila.
Agarró el celular y vio varias llamadas perdidas de Saúl.
También tenía mensajes de WhatsApp de él.
De inmediato le marcó.
—¿Bueno? Ahorita estaba ocupada y no escuché. ¿Pasa algo? —preguntó Cecilia.

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