Saúl llevó a Cecilia a una calle llena de puestos de comida.
—¿Qué pasó hace rato en casa de los Galindo? —preguntó.
—Nada. Solo que todos pensaron que ya me habías dejado y se fueron contra mi familia. Hasta lo de la boda de Teresa se cayó.
—¿Cómo crees que te voy a dejar? Hoy lo dejé clarísimo. A ver quién se atreve a molestarte otra vez. En la familia Galindo ya nadie te va a tocar —dijo él.
Cecilia lo miró.
—Llegaste en el momento exacto, ¿eh?
—Pues sí. Justo iba a venir a darles la noticia y me tocó el show. ¿No has comido, verdad? Ven, te invito.
Cecilia vio que toda la calle eran puestos.
Saúl se paró en uno.
—Jefe, ¿me da dos platos de caldo de albóndigas?
—Sale, ahorita.
—Tú, con lo poderoso que eres… ¿comes en la calle? —preguntó ella.
Saúl se rió.
—No soy tan delicado como crees. Además, antes venía seguido. Aquí se siente… vida. Aquí no me ven raro.
—¿Raro?
—Sí. En la empresa todos andan con cuidado conmigo. Y en mi casa… yo era el que tenía que andar con cuidado, tratando de quedar bien con mi mamá. En ninguno de los dos lados sentía calor humano. En cambio aquí, a la gente le da igual quién seas. Hasta te echan carrilla. Eso en la empresa no existe, y en mi casa menos.
Cecilia se quedó pensando.
Saúl tenía una faceta que no se veía a simple vista.
La gente sí necesita que la conozcan de verdad.
Al rato, el señor del puesto les llevó la sopa.
—Provecho.

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