Berta sabía perfectamente cómo era Natalia: aunque le rogara, solo la iba a humillar más.
No la iba a perdonar.
¡Pum!
Natalia le soltó una cachetada.
—Esa es para devolverte la tuya. ¿Cómo te atreves a pegarme? Te voy a enseñar lo que cuesta. ¡Pinche vieja!
A Berta le ardía la cara. En la comisura de los labios ya le salía sangre.
Aun así, no bajó la mirada.
Natalia la agarró del mentón.
—Querida Berta… hoy ando de buenas. No te voy a torturar. Mira: atiende bien a estos dos, y te suelto. No quiero que te mueras tan rápido. Es solo “atender gente”… seguro eres experta, ¿no?
En cuanto terminó de hablar, los dos hombres aplastaron a Berta contra el sillón.
—¡Suéltenme…! ¿Qué me van a hacer…? ¡Natalia, eres una maldita!
—¡Suéltenme! ¡No se acerquen!
Natalia, con los brazos cruzados, les dijo:
—Ustedes denle. Sin pena.
—Sí, señorita —respondieron ellos.
Entre los dos la sujetaron y empezaron a arrancarle la ropa.
Uno le agarró la pierna y le bajó la ropa interior de un jalón.
—¡No…! ¡Auxilio! ¡Ayuda! —gritó Berta.
Por dentro estaba llena de odio y de terror.
Natalia la miraba, encantada.
Si esos dos la humillaban, a ver cómo volvía a dar la cara.
—¡No…! ¡Ayuda…!
—¡Ya estuvo! —se oyó de pronto.
Lorenzo estaba en la puerta.
Natalia se volteó y se quedó helada al verlo.

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