—Entonces vamos al hospital.
Si Anaís hubiera sido la autora de todo, él no la volvería a ver.
Al llegar, desde el pasillo se escuchaban gritos de enojo dentro del cuarto.
—¡No me quiero tomar nada! ¡Sálganse! ¡Fuera!
Saúl se paró en la puerta. Una enfermera estaba agachada recogiendo cosas del piso.
—Salgan un momento —les dijo Saúl a las enfermeras.
Cuando Anaís lo vio, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Saúl, por fin… —sollozó—. Dijiste que ibas a venir. ¿Por qué te tardaste tanto? Yo pensé que ya me odiabas, que ya me habías hecho a un lado.
—¿Por qué te pones así en el hospital? Tú antes no eras así.
—Antes… antes tú me tratabas bien. Si me raspaba un dedo, te preocupabas y te quedabas conmigo. Y ahora que estoy así de grave, ni me pelas. Saúl, tú cambiaste. Por eso estoy así.
Saúl no quería escuchar más. Respiró hondo.
—Esteban, ve por el medicamento. Que la señorita Calderón se lo tome.
Esteban buscó a la enfermera; ya tenía todo separado y se lo llevó a Anaís.
—Tómatelo —dijo Saúl, mirándola.
—No, a menos que tú me lo des.
—Si no te lo tomas, me voy —Saúl se dio la vuelta para salir.
—¡Sí me lo tomo! ¡No te vayas! ¡Por favor! —Anaís se apresuró.

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