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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 468

Cecilia le dio un empujoncito.

—Al que ha estado contigo no lo tiras así nomás.

—¡Ja, ja, ja! —Berta se soltó riendo.

El mero jefe de Grupo Rivas, convertido en “al que ha estado contigo”.

—Tú ya te luciste, con eso. Lo mío ni te metas —dijo Cecilia.

—Antes te caía gordo que yo presumiera. ¿Y ahora hasta me ayudas?

—Te equivocas. Antes no te odiaba, y ahora tampoco… de hecho, hasta me pareces un poquito… tierna.

Cecilia terminó de decirlo y le dio un apretón en el hombro.

—¡Cecilia, me estás pellizcando! —protestó Berta, haciendo puchero.

—Sí, te estoy pellizcando. ¿Quién te manda ser tan presumida?

—A ver si muy valiente. Te espero a la salida, allá en lo oscurito —dijo Berta, con las manos en la cintura.

—¿Allá atrás? Perdón, pero yo no tengo esos gustos —contestó Cecilia, y se fue.

Berta la alcanzó. Las dos llegaron al salón entre empujones y risas.

Ese día tenían clase general. Cecilia vio de inmediato a Martina del otro lado y se sentó junto a ella con el libro en la mano.

—¿Qué traes? ¿Andas con algo en la cabeza? —preguntó Cecilia.

Martina se veía de malas.

—Cecilia, ¿desde cuándo te llevas tan bien con Berta? Según yo, antes eran enemigas.

Así que eso era lo que le molestaba.

—Antes no éramos amigas, y ahora tampoco somos enemigas. Martina, Berta no es mala persona; nada más le encanta presumir… y tiene sus razones.

—A mí me da igual. Antes te trató horrible y tú todavía la defiendes. ¿Qué, ya no me quieres de amiga?

Cecilia sonrió, sacó una paleta de su bolsa y se la dio.

—Murió por sobredosis de somníferos. Parece suicidio. Lleva unas ocho horas. Hoy el dueño vino a cobrar la renta y lo encontró. Dice que ya tenía varios días sin pagar —explicó el policía.

Saúl no sacó nada útil. Al salir, le ordenó a Esteban:

—Si ya no tenía ni para la renta, seguro estaba desesperado por dinero. A ver quién lo compró. Investiga con quién se estuvo juntando últimamente.

—Director Rivas, por ahora podemos descartar a la señorita Calderón. Parece que fue alguien más.

Saúl recargó el brazo en la ventana del carro y se sostuvo la sien con los dedos.

—Más le vale.

Si todo hubiera sido un montaje de Anaís, entonces sí sería demasiado.

Después de todo, de niños todavía compartieron momentos buenos.

—Director Rivas, otra cosa: la señorita Calderón está en el hospital… y no ha dejado de exigir que quiere verlo.

***

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