Florencia, al ver a su hija así, se preocupó.
—¡Ya basta! —para sorpresa de todos, Lionel tronó con un grito.
—¿Qué “vieja” ni qué nada? Berta es tu hermana. Tú eres mi hija, y ella también. Tu hermana se la pasó mal muchos años allá afuera. Tú has vivido con todas las comodidades toda tu vida. ¿Qué te cuesta cederle un cuarto? ¿Y todavía quieres correrla? Si alguien se va a ir, entonces vete tú.
Natalia se quedó helada.
¿Cómo era posible?
Su papá siempre la había consentido. Con que hiciera puchero y se viera triste, él le cumplía todo.
¿Y ahora ya no funcionaba?
—Papá… tú… ya no eres el mismo. Ella me rompió la mano y tú, en vez de defenderme, la traes a la casa a quitarme mis cosas. ¿De verdad eres el mismo de antes? —lloró Natalia.
—Natalia, ya, cállate, no digas más —Florencia intentó calmarla.
Ella era la que mejor entendía lo que estaba pasando.
Lionel todavía quería asociarse con el Grupo Alcántara; por eso, ahora tenía que tratar bien a Berta.
—Mamá… es mi cuarto… —Natalia lloriqueó.
—Ya, Natalia. Ahorita tu papá se pasó, pero… si a tu hermana le gusta ese cuarto, se lo vas a dar. No te preocupes: ya contacté a un diseñador para que te haga uno igualito. ¿Así sí?
Natalia no estaba conforme, pero Florencia le echó una mirada y no le quedó de otra.
—Gracias, papá.
En ese momento, Berta sintió envidia.
En su memoria, Lionel jamás había sido cariñoso con ella.
Quizá lo fue cuando era muy chiquita… pero tenía dos o tres años; ni se acordaba.

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