—No, no… director Urbina. Hoy… hoy solo fue curiosidad.
—¿Curiosidad? ¿De qué?
Nuria bajó la cabeza, sin atreverse a hablar.
—¡Te estoy preguntando! —subió el tono Lorenzo.
Nuria se estremeció.
—Yo… yo… pensé que usted… tenía escondido aquí a un hombre. Que era alguien que le gustaba… y por eso vine a ver.
—¿Un hombre? —Lorenzo frunció el ceño.
Ni él se imaginaba que de verdad hubiera gente creyendo que a él le gustaban los hombres.
—¿Quién te dijo que me gustan los hombres?
—Yo… no sé.
—Si eso crees, y te da tanta curiosidad… entonces entra y mira.
Nuria no entendía qué pretendía Lorenzo.
¿De verdad iba a dejarla?
—¡Entra! ¿No querías ver? Hoy te quito la duda.
Nuria tembló y entró, con el corazón a mil.
De haber sabido que Lorenzo se iba a poner así… ni muerta habría venido.
Al asomarse, vio a un hombre tirado en el piso, rodeado de sangre.
Era una escena espantosa.
Se le fueron las piernas y cayó sentada, aterrada.
Y luego salió como pudo, casi arrastrándose.
—Director Urbina… ya no quiero ver… director Urbina, ya no lo voy a seguir… —sollozó Nuria, temblando.
—Lárgate —escupió Lorenzo, helado.
Nuria salió corriendo, como si la persiguiera el diablo.
Jamás se habría imaginado que el siempre educado y amable Lorenzo tuviera una cara así de brutal.
Dejar a alguien en ese estado…
—Director Urbina, ¿qué hacemos con el de adentro? —preguntó Felipe.
—¡Iván! ¡Hijo mío! —Mateo sintió que se le partía el alma.
Aunque Iván fuera un desastre, era su único hijo.
Su esperanza.
El heredero de la familia Urbina.
—¡Rápido! ¡Al hospital, ya!
Vieron que todavía respiraba. Lo llevaron de urgencia.
En el hospital, tras un rato de maniobras, el doctor le dijo a Mateo:
—El paciente está gravísimo. Tiene todas las costillas rotas.
—Y brazos y piernas… son fracturas conminutas. Ya no se pueden reparar como antes. Puede que pase el resto de su vida en cama. La familia debe prepararse.
—Y hay otra cosa muy grave: perdió los testículos. Es probable que ya no pueda tener hijos y tampoco podrá tener relaciones.
Mateo tambaleó; casi se va al piso.
—¿Cómo… cómo pudo pasar esto…?
Había imaginado de todo… menos esto.

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