—Natalia, ve por un doctor, rápido —ordenó Florencia.
Lionel se tapó la cabeza y miró a Berta; temblaba de rabia.
Nunca nadie se había atrevido a enfrentarle así.
—¡Que venga alguien! ¡Agárrenla! ¡Esta desgraciada le pegó a su propio padre! —bramó Lionel.
Entraron los escoltas y sometieron a Berta.
Llegó un doctor y le hizo a Lionel una curación rápida.
—No es grave. La herida no es profunda —indicó el doctor y se fue.
Los asuntos de los Solano no eran cosa suya.
—Amor, cálmate. Berta no lo hizo a propósito… a lo mejor nomás se le fue la mano —dijo Florencia, fingiendo calmarlo.
Pero en realidad lo estaba empujando más.
—Mamá, estás mal. Ella me dejó el brazo inútil; es una violenta. Hoy se atrevió a aventarle un cenicero a mi papá… mañana capaz que le avienta un cuchillo. Papá, no puede dejarla pasar —dijo Natalia, insistiendo.
—Natalia tiene razón. Esta hija desagradecida… Yo fui un tonto por dejarla regresar. Berta, ¿ya entendiste o no? —preguntó Lionel.
—Yo no hice nada malo. Los que están mal son ustedes.
—Terca. Entonces estos días has vivido demasiado a gusto. ¡Se te hizo fácil verme la cara! ¡Denle una paliza!
Berta abrió los ojos, helada.
Su propio padre quería mandarla al hospital a golpes.
—Ni se te ocurra. Yo soy de Lorenzo. Él te la va a cobrar.
—Hermana, ¿todavía te atreves a mencionar a Lorenzo? ¡Mentirosa! Papá, ¡cóbrele lo de mi brazo! —suplicó Natalia.
—¿Qué están esperando? A una que se atreve a atacar a su propio padre, hay que darle la paliza de su vida.
Con eso, los escoltas tiraron a Berta al piso.
De verdad iban a darle una golpiza brutal.
—¿Qué dijiste? ¿Urbina?
—Sí. Dijo que se llama Lorenzo.
—¿Qué están esperando? ¡Háganlo pasar! —Lionel se emocionó de golpe.
Como si le hubieran inyectado adrenalina.
Luego vio a Berta en el suelo.
—¡Quítense, quítense! Suéltenla. ¿Cómo se atreven a tratar así a la señorita? ¡Muévanse!
Lionel se acercó él mismo y levantó a Berta.
—Berta, ¿estás bien? Ahorita tu papá se dejó llevar… Fue culpa de esas dos, que andan metiendo veneno. Ya entendí, perdóname.
Berta soltó una risa fría. Qué tipo tan miserable: cambiaba de cara en un segundo.
—Ah, ¿sí? Cuando te enojas, me quieres romper las piernas. ¿Y si me las rompes? ¿Si quedo inválida? ¿Qué hago con mi vida?

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