Eran varias fotos: en una se veía a Berta llevada entre guardias.
En otra, Berta discutiendo con ellos.
Y en otra más, Berta sentada sola, cabizbaja, afuera de la entrada de Grupo Alcántara, con cara de derrota.
—¡Berta! ¿Te atreves a mentirme? ¿Qué tienes que decir? —rugió Lionel, furioso.
Golpeó la mesa con fuerza.
—Yo… —Berta no supo qué explicar.
Las fotos eran reales. No esperaba que Natalia fuera tan baja como para andar tomando fotos a escondidas.
—Berta… qué barbaridad. ¿Cómo se te ocurre mentir con algo así? Mira nada más: hoy, para recibir a Lorenzo, toda la familia estuvo de aquí para allá… ¿y para qué? Para nada. Híjole… —Florencia suspiró, fingiendo pesar—. Amor, tampoco te desquites con Berta. Al final, ella se fue de la casa y siempre la crió su mamá; agarró la maña de mentir y de aparentar. Es entendible.
—Papá, es una mentirosa. Nos trae como mensos —insistió Natalia.
Lionel la miró:
—Si tenías esas fotos, ¿por qué no las sacaste desde antes? Me hiciste esperar horas.
—Papá, si se las enseñaba desde el principio, usted no me iba a creer. Últimamente usted le cree todo a mi hermana… y yo también quería que fuera mentira. Yo esperaba que Lorenzo sí viniera. Pero al final me decepcioné. No quería que lo siguieran engañando, por eso dije la verdad —dijo Natalia, con voz lastimera.
En realidad, ella ya quería sacarlas desde el inicio, pero sabía que Lionel aún tenía la esperanza de que Lorenzo apareciera.
Su mamá le había dicho que esperara a que todos estuvieran hartos de esperar; cuando Lionel ya trajera el coraje atorado, entonces sí prenderle el cerillo.
Y funcionó.
—A ver, dime la verdad. ¿Lorenzo sí es tu novio o no? —Lionel señaló a Berta.
—¡Sí! ¡Claro que sí! ¡Él va a venir! ¡No les creas a ellas! —Berta se aferró hasta el final.
—Berta, ¿todavía no entiendes? Reconoce tu error con tu papá. Aunque nos hayas mentido, te vamos a perdonar —dijo Florencia con cara de “preocupación”.

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