—Sí. Todos saben que usted tiene fuerza, así que a partir de ahora la seguridad queda a su cargo. Y también se le asignó un subalterno para apoyarlo.
—Y… y el jefe de seguridad, ¿cuánto gana al mes? —preguntó Adrián, bien sencillo.
El encargado sonrió.
—Cincuenta mil al mes.
Adrián abrió los ojos, incrédulo, y empezó a contar con los dedos.
¡Cincuenta mil!
Él antes cargaba material como ayudante, de los más bajos, y apenas sacaba unos cuantos miles al mes.
¡Y ahora eran cincuenta mil!
—¡Yo… yo ya la hice! —dijo Adrián, todavía sin creérsela.
—¡Adrián! —Cecilia llegó en ese momento.
—Mira, Cici. Dicen que voy a ser jefe de seguridad y que me van a dar cincuenta mil al mes. ¿A poco no me cayó del cielo? —preguntó Adrián.
—Claro. Es que tú eres muy bueno, por eso te subieron. Pero ahora sí: échale ganas, ¿va?
—¡Sí! ¡Voy a darle con todo! —Adrián se llenó de confianza.
Al verlo tan feliz, Cecilia también se quedó tranquila.
Adrián se puso el uniforme de jefe de seguridad y hasta se veía diferente.
—Te queda muy bien. Cuando regresemos, mis papás se van a poner bien contentos.
Esa noche, Cecilia y Adrián volvieron a la casa.
Adrián, luego luego, contó que lo habían ascendido y que ahora era jefe de seguridad.
Marina no lo creyó.
Para ella, que su hijo encontrara trabajo cargando material ya era bastante.
¿Quién lo iba a poner de jefe de seguridad?
—Mamá, es verdad. Mira el uniforme —dijo Cecilia.
Con Cecilia respaldándolo, por fin le creyeron.
—Adrián, ahora sí te estás poniendo las pilas. ¡Nos das orgullo! —Marina estaba feliz.

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