En la casa de los Valdés.
—Papá, mamá, traigo un proyecto grande, pero necesito dinero para invertir —les dijo Gael.
—¿Cuánto? ¿Y sí es confiable? —preguntó Iker.
—Sí. Es una empresa extranjera muy pesada, con buen nombre. Si logramos colaborar con ellos, la familia Valdés ya no va a depender de Grupo Alcántara. ¡Yo también puedo volver a levantarme!
A Clara le brillaron los ojos.
—Gael, ¿cuánto necesitas?
—Mínimo doscientos millones.
—¿Doscientos millones? No es poquito… —Clara dudó.
—El que no arriesga no gana. Yo ya lo revisé todo. No se me achiquen. En negocios hay que pensar en grande —los regañó Gael.
Iker decidió al instante:
—Va, se invierte. Antes también metíamos cientos de millones. Hoy los negocios se mueven así. ¿Qué son unos cuantos millones? Ahorita mismo te transfiero el dinero de la empresa.
—Gracias, papá —dijo Gael, satisfecho.
En eso, Noa regresó.
—Noa, ¿a dónde fuiste? —preguntó Clara.
—Mamá, salí un rato.
—Ay, tú… te la pasas de compras. El chofer dice que diario andas comprando y comprando. Sí, tenemos dinero, pero tampoco te pases —la regañó Clara.
—Ya sé, mamá… perdón… —Noa se tapó la boca—. Guácala…
De pronto empezó a vomitar.
—¿Qué tienes? ¿Te sientes mal? —preguntó Gael, preocupado.
Clara, con experiencia, la miró fijo.
—Noa, dime la verdad. ¿Qué traes?
Noa supo que no podía ocultarlo.
—Mamá… creo que estoy embarazada.
—¿Embarazada? ¿De quién?


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