—Es por el tratamiento. Desde que lo empecé, ya recuperé la sensibilidad en manos y pies. Me siento mucho mejor.
—Me da gusto.
Cecilia también probó. No era la gran cosa, pero venía con el cariño de Teresa.
—¡Cici! —Teresa entró de golpe.
—¿Qué pasó?
Teresa le extendió un fajo de billetes.
—Toma.
—Teresa, ¿qué es esto?
—Me pagaron ocho mil. Te doy cinco para tus gastos. Ya llevas rato aquí y no te hemos dado nada. En la escuela necesitas para moverte y comer.
A Cecilia se le apretó el pecho.
Ella había visto a Teresa repartiendo; sabía que ese dinero costaba.
Era su esfuerzo.
Y aun así le daba la mayor parte.
—¿O crees que es poquito? Pero tengo que darle tres mil a mi mamá. La casa ocupa gastos, Benjamín sigue estudiando…
—No, no es eso. Yo sí traigo dinero. Trabajo por mi cuenta. Quédate con eso.
—No. Eres mi hermana. Yo tengo que ayudarte.
—De verdad no hace falta. ¿Te acuerdas de la señorita Fonseca? Ella es mi amiga. Ella me consiguió trabajo. Hoy en la mañana, cuando te vi en el hotel, yo estaba ahí por eso.
Teresa por fin le creyó.
—Bueno… entonces se lo doy todo a mi mamá para que lo guarde.
—Guarda una parte tú y lo demás dáselo a mi mamá —dijo Cecilia.
Teresa era tan buena y tan simple que a Cecilia le daba ternura… y tristeza.
—Cici, tu familia es muy bonita —dijo Saúl, con envidia.
—Sí. Yo tampoco me esperaba que fueran así.
En la cena, Marina estaba de buenas y cocinó un montón.


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