—¡Ya entendí perfecto! Ustedes lo que quieren es echarse para atrás. Pero mi hija está embarazada, y ese hijo es de su familia. Eso no se lo van a poder quitar de encima. Si se rajan, lo voy a hacer público: que todo el mundo vea qué clase de gente son. Y no se hagan, el compromiso lo pidieron ustedes. Nadie los obligó.
Rafael bajó la cabeza, avergonzado. Ahí sí ellos estaban mal.
Pero la señora Salinas tampoco era dejada, y se le fue encima a Clara.
—¿Compromiso? Entonces déjeme preguntarle algo, señora Valdés. El compromiso era con Cecilia. A nosotros nos interesaba Cecilia, no Noa. Ustedes salieron con su historia de “la hija biológica” y cambiaron a Cecilia. Yo ni siquiera les he cobrado esa. Así que si nos echamos para atrás, ¿qué? También es entendible.
—¡Tú… tú…! —Clara temblaba de coraje.
Noa, a un lado, lloraba como si la hubieran humillado.
¿Entonces a los Salinas les gustaba Cecilia… y no ella?
¿Por qué?
¡Si ella era la hija biológica!
Iker azotó la mesa.
—Dejen de inventar. El compromiso fue con la señorita Valdés. Y en esta casa la única hija biológica es Noa. Cecilia era una impostora, ¿qué importa? Y punto: mi hija está embarazada. Se casan porque se casan.
—Y ya que el Grupo Valdés anda en el ojo del huracán, me da igual si de paso los arrastro a ustedes también.
Los Valdés estaban aferrados: ya les daba lo mismo todo.
Rafael y la señora Salinas se miraron, lo pensaron y al final cedieron.
No querían que los Valdés les destruyeran el nombre, y además, ellos sí estaban en falta.
Así que acordaron que la boda sería a principios del próximo mes.
***
En casa de los Galindo.
Cecilia ayudó a Thiago a ponerse de pie.
Después de un tiempo de rehabilitación, se estaba recuperando rapidísimo.
Era por un medicamento que Cecilia había desarrollado. El avance era mucho más rápido de lo normal.

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