El primer día de Noa en la mansión, despertó creyendo que era un sueño.
Se pellizcó: le dolió.
No era sueño.
Fue al vestidor, escogió ropa, y se colgó encima toda la joyería que pudo: lo que le habían regalado Clara y sus hermanos.
Quería sentirlo todo.
Una empleada se acercó con respeto.
—Señorita Noa, ¿va a comer?
—No. Voy a salir.
Luego señaló a la empleada, altanera.
—A ver, dime: ¿yo estoy más bonita o la otra?
La empleada se quedó tiesa, pero respondió:
—Usted… usted es la más bonita, señorita.
—Obvio. La otra era falsa. Yo soy la verdadera. Y me robó dieciocho años de vida buena… mientras yo me pudría allá. Me da un coraje…
La empleada se asustó al verla así.
En el fondo, ella prefería a Cecilia: era guapa y trataba bien al servicio.
Noa, en cambio, se veía ordinaria… y con algo de malicia.
—Bueno. Dile a mi mamá que salí a hacer un pendiente —ordenó Noa, y se fue.
La familia Valdés le asignó chofer y un carro carísimo.
El chofer preguntó con cortesía:
—Señorita Noa, ¿a dónde vamos?
—A casa de los Galindo. Quiero ver cómo le va a la impostora.

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