Con razón no podía comunicarse ni con Saúl ni con la familia Galindo.
Además, no tenía su celular ni ninguna otra forma de pedir ayuda.
Levantó las manos lentamente y se las quedó mirando.
¡No tenía nada de fuerza!
Sentía el cuerpo tan pesado como si la hubieran sedado.
De pronto, miró el tripie del suero que estaba a su lado.
El médico venía todos los días a ponerle el suero. ¿Acaso tendría algo que ver con el medicamento?
Valeria sabía que no sería fácil lidiar con ella, así que seguramente le había puesto algún sedante al goteo para dejarla débil.
Pasó la noche llena de angustia.
Al día siguiente, entró la cuidadora.
—Es hora del suero. Extienda el brazo —le indicó la mujer.
Cecilia estiró el brazo con lentitud. La cuidadora le canalizó la vena con bastante destreza y, una vez que terminó de prepararlo todo, salió de la habitación.
En cuanto se quedó sola, Cecilia se arrancó la aguja.
Se acercó la punta a la nariz y la olió. ¡Efectivamente, olía a relajante muscular! ¡Le habían añadido otro medicamento!
Cecilia forcejeó, bajó de la cama con mucho esfuerzo y se apoyó en la pared para ponerse de pie poco a poco.
Estaba tan débil que sentía que un soplido bastaría para tirarla.
A duras penas alcanzó la bolsa del suero, la descolgó y se preparó para ir al baño a vaciarla.
Pero sus piernas no daban para más, así que terminó en el suelo y se arrastró lentamente hasta el baño.
Abrió la válvula del suero con los dientes, derramó todo el líquido por el desagüe y regresó para colgar la bolsa vacía en su lugar.
Cerca de una hora después, la cuidadora volvió a entrar. Al ver que el suero se había terminado y que la aguja colgaba a un lado, le lanzó una mirada a Cecilia.
—¿Cómo ha estado Leandro Rivas? —le preguntó—. Hace mucho que no lo veo.
Valeria esbozó una sonrisa.
—¡Por fin te acuerdas de Leandro! Ya veo que lo tienes presente.
—Señora Ledesma, ya no quiero seguir fingiendo y le pido que usted tampoco lo haga. Dígame de una vez, ¿cuál es su propósito al tenerme encerrada aquí?
—No te tengo encerrada —respondió Valeria sin perder la sonrisa—. Simplemente estás delicada de salud. Dejarte aquí para que te recuperes es por tu propio bien.
—Señora Ledesma, ambas sabemos perfectamente lo que pasa. Llevo quince días sin poder ni levantarme de la cama. No sé qué porquería me ha estado inyectando, y tampoco me deja salir. ¿Y todavía tiene el descaro de decir que es por mi bien? ¡Dejémonos de rodeos y dígame qué es lo que busca!
—¡No te alteres! —La sonrisa de Valeria se tornó enigmática—. Mañana mismo lo sabrás.
Cecilia no tenía ni la menor idea de lo que tramaba.
Al día siguiente.
Cecilia seguía profundamente dormida cuando la cuidadora la jaló sin contemplaciones para despertarla.

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