Mercedes llevó a Leandro a la habitación principal.
Para ese momento, Cecilia ya se había cambiado de ropa. Tenía una expresión gélida; solo acercarse a ella provocaba un escalofrío.
—¡Joven, tiene que hacer exactamente lo que le enseñé! ¿Entendido? Solo así ella será su esposa de verdad. Y recuerde, no importa lo que ella le pida, no le haga caso, ¡o de lo contrario se quedará sin esposa para siempre! —le advirtió Mercedes.
—¡Sí, ya entendí, Mercedes! —asintió Leandro.
Mercedes le echó una mirada a Cecilia y luego salió del cuarto.
Leandro se acercó a Cecilia de nuevo.
—¡Esposa! ¡Esposa! ¡Quiero un besito! ¡Dame un besito!
Diciendo esto, se abalanzó sobre ella, empujándola contra la cama con la intención de besarle el cuello.
Cecilia pudo sentir los cambios en el cuerpo de él.
«¿Acaso los idiotas también sienten ese tipo de cosas?»
—¡No te muevas! —ordenó Cecilia de golpe, sacando una navaja perfiladora de cejas y poniéndosela en el cuello a Leandro.
—Esposa, ¿qué estás haciendo? No juegues con cuchillos. Mamá dice que si juegas con cuchillos, te sale agüita roja —soltó Leandro con una sonrisa tonta.
—Deja de fingir, Leandro. En realidad, no tienes nada de idiota.
—Esposa, ¿de qué hablas? No te entiendo.
—¿Conque no me entiendes? Pues te lo dejo claro, Leandro: si te atreves a ponerme un solo dedo encima esta noche, te mato. Para serte sincera, tiré el frasco de medicina que trajeron hoy, nunca entró a mi sistema. ¡Ahora mismo, solo me basta con hacer un pequeño movimiento y no necesito mucha fuerza para cortarte el cuello!
—Esposa, no... no le hagas daño a tu Leandro, no lo hagas... —empezó a quejarse él con un tono infantil.
Pero Cecilia no tenía la paciencia para seguirle el juego.
—Cuento hasta tres. Si no te quitas, ¡no tendré piedad!
—Uno... dos...
—Hagamos un trato. Yo te ayudo a conseguir lo que quieres y tú no me tocas.
—Pero si ya nos casamos, ahora eres mi esposa —dijo él, sonriendo con malicia.
—¿Acaso no sabes en qué condiciones nos casamos? Pero yo sí sé perfectamente lo que tú quieres.
—¡De acuerdo! Entonces dime, ¿qué es lo que busco? —preguntó Leandro, mirándola con curiosidad.
—Lo que quieres es a toda la familia Rivas —respondió Cecilia—. Buscas pisotear a las demás ramas de la familia. No, mejor dicho, quieres aplastar a Cristian.
—¿Y qué te hace pensar eso? —En la mirada de Leandro brilló un genuino atisbo de admiración.
Al ver esa reacción, Cecilia supo que había dado en el clavo.
—Los negocios que hoy tiene la familia Rivas le pertenecían originalmente a la familia Ledesma. Tú eres el verdadero heredero. Sin embargo, la aparición de los demás provocó que ustedes perdieran poder. Eres ambicioso, quieres apoderarte de la familia Rivas para recuperar lo que te pertenece y, al mismo tiempo, odias a tu padre Cristian.
—Eres bastante lista. Con razón le agradas tanto a mi mamá.

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